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Escribí la primera versión de este artículo en 2013. Entonces me centraba sobre todo en la conducta: cuándo castigar y qué intentar antes para no tener que hacerlo. Esa forma de trabajar viene del enfoque cognitivo-conductual, que sigue teniendo cosas muy útiles. Con los años, acompañando a familias, he ido prestando más atención a la relación entre padres e hijos, y hoy trabajo con un marco propio, las 3R: revisar, recolocarnos y reparar. Por eso he reescrito el artículo en noviembre de 2026.
Has avisado tres veces de que hay que apagar la tablet. A la cuarta te sale: «Pues mañana, sin parque». Tu hijo llora o da un portazo, a ti se te hace un nudo en el estómago, y al día siguiente tienes que decidir si lo cumples o lo dejas pasar. Muchas madres y padres me escriben con esta misma duda: si deben castigar a su hijo, y cuándo.
Lo que respondía hace años
En 2013 escribí que el castigo tenía que ser el último recurso. Antes había que avisar, explicar, prohibir, persuadir y elogiar la conducta contraria, y castigar solo si nada de eso funcionaba, y de forma puntual. También escribí que, cuando se castiga con demasiada facilidad, la relación se resiente, el niño tiene miedo y aprende a esconder lo que hace.
Casi todo eso lo sigo pensando. Hoy, además, antes de decidir si castigo, me paro a mirar qué ha pasado: qué le pasaba a mi hijo, qué me pasaba a mí y cómo hemos llegado hasta ahí.
Qué dicen los pediatras
En su guía para familias, ¿Cuál es la mejor forma de disciplinar a mi hijo?, la Academia Americana de Pediatría explica que pegar, gritar o humillar a un niño no funciona y le hace daño. En su declaración sobre disciplina añade que estas formas de castigo tienen poco efecto a corto plazo, ninguno a largo plazo, y se asocian a más problemas de conducta y emocionales.
La misma guía propone otras herramientas que vienen de la tradición conductual y que siguen siendo útiles: explicar con calma qué consecuencia tendrá una conducta y cumplirla, hacer una pausa cuando la situación se desborda y fijarse en lo que el niño hace bien. Desaconseja siempre el castigo físico y cualquier castigo que humille al niño o le dé miedo. Escribí más sobre esto en Gritos y bofetones, razones para evitar su uso.
A veces cuesta distinguir una consecuencia de un castigo. La consecuencia está relacionada con lo que ha pasado («si mañana la tablet tampoco se apaga a la hora que hemos acordado, la usaremos menos rato») y se explica sin enfado. El «sin parque» de la cuarta advertencia suele salir del cansancio, y al niño le explica poco sobre qué hacer la próxima vez. Sobre cómo ha cambiado mi forma de ver los premios y los refuerzos, escribí Refuerzo positivo en la crianza: por qué he cambiado de opinión.
Cómo lo miro con las 3R
Cuando la misma pelea se repite cada tarde, con castigo o sin él, me ayuda mirarla con las 3R, que expliqué con más detalle en Cuando la misma escena se repite.
Revisar
Antes de responder, me paro y miro la escena entera, sin juzgarla. Pienso en qué le pasaba a mi hijo: si estaba a punto de acabar la partida, si le cuesta cambiar de actividad o si estaba cansado. Pienso también en mí: si llevaba todo el día sin parar, si tenía la sensación de hablar sin que nadie me escuchara o si me preocupaba estar siendo demasiado blanda. Y miro lo que pasaba entre los dos, porque a veces la tarde acaba convertida en un pulso para ver quién cede antes. Cuando tengo todo eso delante, me resulta más fácil decidir si hace falta un castigo. Lo cuento con un ejemplo en La mochila en el pasillo.
Recolocarnos
Recolocarme quiere decir cambiar algo de lo que hago yo en esa escena. Con la tablet puede ser avisar un rato antes de la hora, sentarme a su lado cuando falte un minuto y apagarla juntos, o decir el límite una sola vez, con pocas palabras, en lugar de repetirlo cuatro veces desde la cocina. La tablet se apaga igualmente, y yo estoy a su lado mientras le cuesta parar, sin anunciar castigos desde otra habitación. Escribí sobre esto en Cuando tu hijo necesita tener razón, y de las pantallas en concreto en «Cinco minutos más».
Reparar
En 2013 ya escribí que, si se nos escapa un grito o un cachete, hay que pedir perdón al niño y explicarle que nos hemos equivocado. Hoy le doy todavía más importancia. En todas las casas hay días que salen mal. Cuando ya estamos tranquilos, podemos volver a hablar con nuestro hijo de lo que pasó, reconocer nuestra parte y acercarnos otra vez. Por ejemplo: «Ayer, como no apagabas la tablet, te grité y te castigué sin parque. Estaba muy cansada y lo dije enfadada. Lo de la tablet tenemos que hablarlo, pero no quiero hacerlo a gritos.» Lo desarrollo en Cuando ya ha pasado: cómo reparar después de un día malo.
Los días más difíciles
Hay días en que llegas a la tarde sin energía, después de discutir por lavarse las manos, por vestirse y por los dientes. Esos días es más fácil que el castigo salga sin pensarlo. Si te pasa a menudo, pide relevo a tu pareja o a alguien de la familia, aunque sea un rato, para tomar distancia y ver las cosas con más calma.
Si la situación en casa se ha enquistado o te desborda, pedir orientación a un profesional puede ayudarte a entender qué está pasando y a salir de la repetición.
Una pregunta para ti
¿En qué momento del día aparecen más los castigos en tu casa, y cómo llegas tú a ese momento? Si te apetece, cuéntamelo en los comentarios.

Desmontando mitos de la crianza
Siete creencias muy extendidas sobre la crianza, como la de que sin castigo no hay aprendizaje, miradas con calma y a tu ritmo.
Para seguir leyendo
- Cuando la misma escena se repite: revisar, recolocarnos y reparar
- Cuando ya ha pasado: cómo reparar después de un día malo
- Refuerzo positivo en la crianza: por qué he cambiado de opinión
- Del rincón de pensar al acompañamiento emocional
- Niños desobedientes: lo que la desobediencia nos cuenta
- Curso gratuito: Mejorar la comunicación con nuestros hijos
Foto cortesía de freedigitalphotos.net
¿Te ha pasado algo parecido en casa? Puedes contármelo en los comentarios: los leo todos. Escribir un comentario
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