Reparar con tu hijo después de un día malo empieza en el momento en que te das cuenta de que te has pasado, aunque el día no se haya arreglado. Hace dos semanas te conté la escena de la mochila en el pasillo: un padre que llega cansado, se encuentra otra vez la mochila de su hijo tirada en medio y la lanza escaleras abajo. Dentro iba el portátil del colegio, y se rompió. Al final de aquel artículo te prometí que seguiría tirando del hilo: qué pasa después de un momento así y cómo se repara lo que se rompe en medio de un día malo.
Hoy quiero contarte cómo siguió esa historia, y qué dice la investigación sobre por qué estas reparaciones pesan tanto. Si quieres ver de dónde sale esta mirada, la expliqué en la conferencia «Me cae mal: por qué a veces no conseguimos conectar con nuestros hijos e hijas» que di para FAD Juventud, que puedes ver aquí.
Lo que hizo el padre de la mochila
Antes de venir a consulta, este padre estaba cansado de repetir que la mochila no podía quedarse en el pasillo, y para él la responsabilidad era del hijo. Pedir perdón le parecía perder autoridad.
Cuando vino a consulta, lo primero que me explicó fue lo mal que se había sentido. No podía quitarse la escena de la cabeza: el gesto, el ruido, la cara de su hijo. Lo que le ayudó a moverse fue separar las responsabilidades. Dejar la mochila en su sitio era algo que su hijo podía y debía empezar a asumir. Lanzarla escaleras abajo era algo suyo. Las dos cosas eran ciertas a la vez, y reconocer la segunda no anulaba la primera.
Pasó varios días muy difíciles, dándole vueltas. Y en medio de esos días hizo algo que a muchos adultos nos cuesta: fue a hablar con su hijo y le pidió perdón. Le dijo que lo que había hecho no estaba bien, que se había desbordado y que eso era cosa suya. Después se ocuparon juntos de arreglar el portátil.
Lo que había pasado seguía ahí. Lo que su hijo se llevó, además, fue la experiencia de que un adulto puede equivocarse, reconocerlo y volver a acercarse. A partir de ahí pudo hacer algo que antes le parecía imposible: hablar con su hijo de lo que había pasado sin necesidad de ganar la conversación.
Por qué reparar con tu hijo pesa tanto
Que una relación con los hijos tenga roturas no es un fallo. Ed Tronick y Andrew Gianino observaron que, incluso en díadas cuidador-bebé con apego seguro, la sincronía entre ambos aparecía solo alrededor del 30% del tiempo. El resto eran desajustes que se volvían a recomponer. Tronick sostiene que esos desajustes breves, seguidos de reparación, son los que enseñan al niño a regularse y a afrontar lo que le pasa. Una crianza sin ninguna rotura sería poco realista.
Dan Siegel, de la UCLA, va más lejos y dice que reparar las rupturas es lo más esencial de la crianza. En las relaciones que funcionan, los niños se recuperan con facilidad de los desencuentros pequeños, siempre que llegue después un adulto que se acerque de nuevo. Puedes leer un resumen de estas ideas en este artículo del Greater Good Science Center de Berkeley.
Un repaso de estudios sobre conflicto y reparación en la vida familiar recoge también algo que me parece importante: en un pequeño estudio canadiense con familias de niños de 4 a 7 años, lo que más dañaba la relación era el abuso de la autoridad y el silencio como castigo. Lo que la fortalecía eran las actividades compartidas de tú a tú, como jugar o negociar, y la reparación posterior, con calidez, hablando de lo ocurrido y pidiendo perdón. Está recogido en este artículo de Developmental Science.
Reparar con tu hijo después de un día malo: tres movimientos

Reparar con tu hijo es un proceso, y cada familia lo recorre a su manera. Aun así, en casi todas las reparaciones que acompaño aparecen tres movimientos:
- Nombrar lo que pasó. Con palabras sencillas y sin rodeos: «Ayer tiré tu mochila y se rompió el portátil».
- Asumir la parte adulta. Hacerte cargo de tu reacción sin cargar con todo y sin pasarle la responsabilidad al otro: «Me desbordé, y eso es cosa mía. Lo de la mochila lo hablaremos, pero mi reacción no estuvo bien».
- Abrir la puerta. Dejar sitio para que tu hijo diga cómo lo vivió y, cuando haga falta, arreglar juntos lo que se rompió.
Las frases son solo ejemplos. Lo que repara es lo que hay detrás: un adulto que vuelve a acercarse después de haberse equivocado. No hace falta que la conversación salga perfecta. Muchas veces la reparación llega días después del momento difícil, cuando el adulto ya se ha calmado y puede hablar sin defenderse.
Pedir perdón sin añadir un «pero»
Una trampa habitual es que la disculpa venga acompañada de una condición o de un aviso: «Perdona, pero la próxima vez vas a ver». La psicóloga Harriet Lerner señala que, cuando la disculpa lleva un castigo pegado, el niño aprende que disculparse es arriesgarse, y es difícil que aprenda a hacerlo él mismo. La disculpa funciona mejor cuando se queda sola: nombra lo que hiciste, reconoce que no estuvo bien y se detiene ahí. Lo que venga después (un límite, una consecuencia, una conversación sobre la mochila) puede hablarse en otro momento.
Responsabilidad sin culpa
Muchos padres temen que pedir perdón les quite autoridad. Lo que suelo ver en consulta va en la dirección contraria: el hijo aprende que los adultos también se equivocan y que eso se puede hablar. Y el límite sigue en pie: la mochila sigue sin poder quedarse en el pasillo.
La responsabilidad en una familia es compartida, aunque no es igual para todos. Un hijo puede hacerse cargo de cosas acordes con su edad. El adulto tiene más capacidad y más responsabilidad para dar el primer paso cuando algo se rompe. Asumirlo te coloca en un lugar desde el que puedes volver a empezar.
Cuando tu hijo no responde como esperabas
Puede que tu hijo conteste con un «vale» seco, cambie de tema o no quiera hablar esa misma tarde. Eso no significa que la reparación no haya servido. Lo que has hecho es abrir una puerta, y que la atraviese cuando pueda es cosa suya. Volver a preguntarle más adelante, sin reproches, suele dar más resultado que insistir en el momento.
Una pregunta para esta semana
Piensa en la última vez que reaccionaste de una forma que no te gustó. ¿Qué parte de lo que pasó era tuya? ¿Y qué podrías decirle a tu hijo, hoy, para abrir esa puerta?
La semana que viene juntaré las piezas de este mes: mirar la escena entera, cambiar el lugar desde el que respondes y reparar con tu hijo cuando algo se rompe. Si quieres seguir el proceso, te espero en la newsletter.
Curso gratuito
Mejorar la comunicación con nuestros hijos
Para cuando hablas mucho con tus hijos y, aun así, no siempre conectas. Un recorrido 100 % online, a tu ritmo y sin exámenes, para entender qué pasa cuando la comunicación falla.
Para seguir leyendo
¿Qué te cuesta más cuando toca reparar: pedir perdón, encontrar el momento o saber qué decir? Si quieres, cuéntamelo en los comentarios. Escribir un comentario
Envíaselo a quien esté viviendo lo mismo
Curso gratuito · 7 lecciones
Desmontando mitos de la crianza
Siete ideas muy repetidas que añaden culpa y confusión. Lecciones breves para recuperar tu propio criterio.
Empezar gratis Solo nombre y correo