Disciplina: premiar la buena conducta de nuestros hijos

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¿Debemos premiar la buena conducta de nuestros hijos? ¿Es necesario recompensar aquello que hacen bien? ¿Por qué deberíamos hacerlo? ¿No es ésta una forma de chantajearles y acostumbrarles a hacer bien las cosas solo para obtener un beneficio después? Hoy intentaré dar respuesta a estas preguntas explicándote con detalle cuál es mi postura la respecto.

premiar la buena conducta
(c) Can Stock Photo / oksun70

Premiar la buena conducta de los niños: sí pero con matices

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Tal como has leído en la introducción este artículo habla sobre esos premios o recompensas que damos a nuestros hijos cuando se «portan bien» o hacen aquello que nosotros queremos que hagan.

Habla sobre el tipo de premios debemos utilizar y si es bueno o no premiarle. Porque a veces nos asaltan las dudas sobre si actuando así no estaremos estemos acostumbrando a los niños a obedecer a base de obtener obsequios y regalos, convirtiendo a nuestros hijos en unos perfectos chantajistas.

Pues sí. Según como usemos los premios o recompensas los niños pueden acabar viviéndolo de este modo. Porque muchas veces cuando hablamos de disciplina y  de premiar conductas se nos viene a la mente comprar algún regalito o chuchería para nuestros niños, olvidando que el mejor regalo que podemos ofrecerles a nuestros hijos son los premios inmateriales

  • los elogios
  • las risas compartidas,
  • el tiempo que disfrutamos juntos jugando o viendo una película, 
  • un beso o un abrazo. 

Sobre el uso del elogio como forma de premiar la buena conducta

Sabemos bien que el elogio es uno de los mejores recursos que tenemos los padres y que usado correctamente es un motivador para aumentar aquellas conductas que deseamos que nuestros hijos incorporen en su repertorio. Pero debemos saber utilizarlo correctamente para que sea efectivo. Recordemos las condiciones que debe cumplir para que realmente funcione.

  1. el elogio debe ser sincero y espontáneo. No debemos utilizarlo con nuestros hijos como forma de manipulación ni como chantaje. 
  2. No debe ser exagerado ni artificial
  3. Utilizarlo en su justa medida, es decir, intentar buscar un punto medio en su uso, si lo utilizamos demasiado se desgasta y ya no es motivador. Si nos pasamos todo el día diciendo «¡muy bien!» llegará un momento que nuestro hijo ya no mostrará ningún interés.
  4. Describir claramente qué es lo que estamos elogiando, así podemos decir a nuestro hijo » Qué bien estás jugando con las piezas de construcción» en lugar de un simple «¡muy bien!» o «Te has portado muy bien». Cuanto más claros seamos mejor.

Te recomiendo la lectura de «Elogios que frustran, decepcionan o demotivan» para ver que no siempre que elogiamos estamos haciéndolo adecuadamente y que los efectos pueden ser totalmente contrarios a los que perseguimos.

Premios inmateriales: lo más adecuados y los que recomendamos utilizar

Dicho esto y recuperando el hilo sobre la forma de premiar la buena conducta de nuestros hijos deberíamos hacerlo siempre mediante premios inmateriales que a la vez refuerzan su autoestima y les hace saber que lo que hacen está bien.

Es cierto también que a veces los premios materiales pueden ser oportunos de vez en cuando, como por ejemplo prepararles una comida especial que sabemos que les gusta mucho o llevarles al zoo o al cine por haber hecho algo muy bien.

Si los premios materiales no se convierten en una costumbre o una obligación no hay ningún inconveniente en utilizarlos de forma puntual para reforzar una buena conducta. Cmo  por ejemplo comprarle un libro después de pasar por un mal momento (ir al médico). De este modo es poco probable que nuestro hijo se acostumbre a obedecer simplemente para que le compremos cosas.

No olvidemos que a todos nos gusta que nos hagan regalos, ya que es una forma de mostrar afecto y reconocimiento y no tiene porqué crear malos hábitos.

Como siempre el sentido común es el mejor consejero. El objetivo es que el niño se sienta satisfecho y orgulloso de su buen comportamiento y que en un futuro sepa cómo comportarse por el mero hecho de saber que esa es la forma correcta de actuar.

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