«Mi hijo me cae mal»: lo que nadie te dice sobre la culpa que viene después

Pensar “mi hijo me cae mal” no convierte a nadie en una mala madre. En este artículo hablamos de la culpa que aparece después, de la ambivalencia materna y de cómo dejar de juzgarse para empezar a entender qué está pasando realmente en la relación.
Mujer emocionalmente agotada sentada en el suelo junto al sofá al final del día
A veces el agotamiento emocional no aparece como una crisis visible, sino como un silencio que ya no sabemos cómo sostener.

Son las siete de la tarde.

Ha sido un día largo. Llevas horas repitiendo las mismas cosas, intentando mantener la paciencia, gestionando pequeñas discusiones. Y en un momento determinado, cuando sientes que ya no puedes más, aparece un pensamiento que te incomoda: «Ahora mismo no soporto estar con mi hijo».

Poco después llega la culpa.

A veces aparece incluso antes de que hayas podido comprender qué te está pasando: «¿Cómo puedo sentir esto? ¿Qué clase de madre soy?».

En mi libro Mi hijo me cae mal profundizo en esos sentimientos de rechazo que pueden aparecer durante la crianza. Aquí quiero detenerme en algo que suele acompañarlos: la culpa que sentimos por experimentar emociones que parecen incompatibles con el amor hacia nuestros hijos.

Porque, cuando empezamos a juzgarnos por lo que sentimos, puede resultarnos más difícil comprender qué nos está pasando y qué necesitamos.

Sentir rechazo también forma parte de la ambivalencia afectiva

Sentir irritación, agotamiento o incluso rechazo hacia nuestros hijos puede resultar difícil de aceptar. Especialmente cuando esas emociones chocan con la imagen que hemos construido de cómo debería ser una buena madre.

Hemos aprendido a asociar la maternidad con la paciencia, la entrega y la disponibilidad constante. Cuando nuestra experiencia cotidiana se aleja de ese ideal, podemos empezar a cuestionarnos y juzgarnos por lo que sentimos.

En psicología hablamos de ambivalencia afectiva para referirnos a la coexistencia de sentimientos diferentes, incluso contradictorios, hacia una misma persona.

Podemos querer profundamente a nuestros hijos y, al mismo tiempo, sentir irritación, enfado o rechazo en determinados momentos. Podemos disfrutar de su compañía y necesitar espacios propios. El vínculo afectivo no nos hace inmunes al cansancio, la frustración ni a las dificultades de la convivencia.

Podemos querer profundamente a nuestros hijos y, al mismo tiempo, sentir irritación, enfado o rechazo en determinados momentos.

Esta ambivalencia también se ha estudiado en el contexto de la maternidad. Investigaciones cualitativas sobre la experiencia materna muestran cómo algunas mujeres conviven con sentimientos contradictorios que les cuesta reconocer y expresar, especialmente cuando entran en conflicto con las expectativas sociales sobre cómo debería sentirse una madre.

Experimentar estos sentimientos forma parte de la complejidad de las relaciones humanas. Lo importante es prestar atención a su intensidad, frecuencia y persistencia, así como a la manera en que influyen en nuestras respuestas y en la relación con nuestros hijos.

Cuando la culpa nos impide comprender lo que sentimos

La culpa puede aparecer cuando sentimos que hemos hecho algo que contradice nuestros valores o nuestra manera de entender la crianza. En ocasiones nos ayuda a reconocer un error, asumir nuestra responsabilidad y buscar una forma diferente de actuar.

Pero también podemos sentirnos culpables simplemente por experimentar emociones que consideramos inaceptables.

Cuando esto ocurre, es fácil quedar atrapadas en pensamientos como «soy una mala madre», «no debería sentirme así» o «tendría que tener más paciencia». Y cuanto más nos juzgamos, más difícil puede resultarnos comprender qué está sucediendo.

¿Me siento culpable por lo que estoy sintiendo o por algo que he hecho?

Conviene detenernos y hacernos una primera pregunta: ¿me siento culpable por lo que estoy sintiendo o por algo que he hecho?

Si la culpa aparece por sentir cansancio, irritación o rechazo, podemos empezar por reconocer esas emociones y explorar qué factores están influyendo en nuestro malestar. Quizá llevamos demasiado tiempo sobrecargadas, necesitamos apoyo o estamos atravesando una etapa especialmente exigente en la relación con nuestros hijos.

Si hemos gritado, humillado o reaccionado de una manera que ha causado daño, la culpa puede ayudarnos a reconocerlo. En ese caso, asumir nuestra responsabilidad implica reparar y buscar maneras de responder de forma diferente.

Esta distinción es importante porque podemos aprender a comprender nuestras emociones sin juzgarnos por sentirlas y, al mismo tiempo, hacernos responsables de nuestras conductas.

Lo que las conductas de nuestros hijos despiertan en nosotros

Familia con tensión emocional y culpa materna en un momento de desconexión pensando mi hijo me cae mal

Hay otro aspecto que merece nuestra atención: la manera en que interpretamos las conductas de nuestros hijos y las emociones que estas despiertan en nosotros.

Nuestra historia personal, las experiencias que hemos vivido y las ideas que hemos aprendido sobre la educación influyen en cómo entendemos determinadas situaciones.

Por ejemplo, si hemos crecido en un entorno donde obedecer inmediatamente era una muestra de respeto, es posible que interpretemos un «ya voy» como un desafío a nuestra autoridad. Otra persona, ante esa misma respuesta, puede entender que su hijo necesita unos minutos para terminar lo que está haciendo.

La conducta es la misma, pero la interpretación cambia. Y esa interpretación influye en cómo nos sentimos y en la manera en que respondemos.

Cuando estas situaciones se repiten, pueden establecerse patrones de interacción en los que las respuestas de unos influyen en las de los otros. Una petición, una interpretación de desafío, una reacción de enfado y una nueva respuesta defensiva pueden acabar convirtiéndose en una dinámica habitual.

¿Qué le pasa a nuestro hijo, qué nos pasa a nosotros y qué sucede entre ambos?

Por eso resulta tan importante observar qué está ocurriendo: qué le pasa a nuestro hijo, qué nos pasa a nosotros y qué sucede entre ambos. Comprender estas conexiones nos permite identificar dónde podemos introducir pequeños cambios para relacionarnos de otra manera.

Lo que cambia cuando puedes nombrarlo sin juzgarte

Reconocer que estamos atravesando un momento difícil en la relación con nuestros hijos puede ayudarnos a comprender mejor lo que sentimos.

Podemos decirnos «esto me está costando», «últimamente estoy muy irritable» o «hay momentos en los que necesito alejarme un poco». Poner palabras a estas experiencias nos permite observarlas con cierta distancia y preguntarnos qué puede estar influyendo en ellas.

En cambio, cuando interpretamos esas dificultades como una prueba de que somos malas madres, el malestar puede aumentar. Pasamos de describir lo que nos ocurre a cuestionar nuestro valor como personas.

Quizá llevamos demasiado tiempo acumulando cansancio, estamos sosteniendo más responsabilidades de las que podemos asumir o necesitamos revisar algunas expectativas sobre nuestros hijos y sobre nosotras mismas.

También podemos preguntarnos qué está ocurriendo en la relación y cómo nuestras respuestas están influyendo en la dinámica familiar.

Un pequeño ejercicio consiste en imaginar que una amiga nos explica que está viviendo una situación parecida. ¿Cómo la escucharíamos? ¿Qué le diríamos? ¿Seríamos capaces de ofrecerle la misma comprensión que nos cuesta tener con nosotras mismas?

Tratarnos con comprensión puede ayudarnos a reconocer nuestras dificultades y asumir, cuando sea necesario, la responsabilidad de cambiar determinadas respuestas. Ambas cosas pueden ir de la mano.

Cuando el malestar se repite, merece más que autoexigencia

Cuando la irritación, el agotamiento o el rechazo hacia nuestros hijos se mantienen en el tiempo, conviene prestar atención a lo que está sucediendo.

Podemos preguntarnos desde cuándo nos sentimos así, con qué frecuencia aparecen estas emociones, qué intensidad tienen y en qué situaciones se presentan. También es importante observar si el malestar está relacionado con determinadas conductas o si hemos llegado a sentirnos irritadas prácticamente ante cualquier cosa que nuestro hijo dice o hace.

Estas preguntas nos ayudan a comprender mejor la situación y a valorar qué necesitamos revisar.

A veces descubrimos que llevamos demasiado tiempo sobrecargadas, que contamos con poco apoyo o que la distribución de las responsabilidades familiares nos está dejando sin espacio para descansar. Otras veces identificamos expectativas difíciles de sostener o patrones de interacción que se repiten y generan cada vez más distancia.

Cuando el malestar persiste, afecta a la convivencia o sentimos que estamos perdiendo la capacidad de responder como quisiéramos, buscar acompañamiento profesional puede ayudarnos a comprender qué está ocurriendo y encontrar nuevas formas de relacionarnos.

También necesitamos recordar que cuidar el vínculo con nuestros hijos requiere atender las condiciones en las que estamos criando. El descanso, el apoyo y la corresponsabilidad forman parte de ese cuidado.

Comprender lo que sentimos puede ser el primer paso para relacionarnos de otra manera con nuestros hijos. A veces necesitaremos revisar nuestras expectativas, reconocer el cansancio acumulado o pedir más apoyo. Otras veces será necesario cambiar determinadas respuestas y reparar el daño que hayamos podido causar.

Estos cambios requieren tiempo, comprensión y oportunidades para construir experiencias relacionales diferentes.

En mi libro Mi hijo me cae mal profundizo en los sentimientos de rechazo que pueden aparecer durante la crianza, las expectativas que influyen en nuestra manera de vivir la maternidad y las posibilidades de cuidar y reconstruir el vínculo.

Si quieres seguir reflexionando sobre este tema, también puedes leer «Culpa, esa eterna sensación que acompaña a las madres», un artículo anterior en el que comparto otras experiencias relacionadas con la culpa materna.

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