¿Es posible educar sin gritar?

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Padre violento

Ser madre o padre no es una tarea para nada fácil pero sí muy gratificante. Requiere esfuerzo físico y mental, muchos sacrificios y muchas renuncias pero se trata de un trabajo con grandes recompensas.

Yo soy mamá desde hace prácticamente 5 años, edad que cumplirá mi hijo mayor en unos meses.

Sé que la gran mayoría de padres y madres, porque así lo veo en mis conocidos, amigos y familiares, intentamos ser la mejor madre o el mejor padre para nuestros hijos. La mayoría intentamos hacerlo lo mejor que sabemos, buscando lo mejor para ellos, evitando caer en patrones de crianza con los que no estamos de acuerdo pero que a veces repetimos inevitablemente y ante nuestro propio asombro.


Es posible que la mamá o el papá más cariñoso y afectuoso del mundo en algún momento determinado, por estrés o por frustración, por puro cansancio o por cualquier otra razón, acabe gritando a su hijo e incluso dándole un cachete. No es justificable pero ocurre. Mi labor no es la de juez, ni pretendo serlo.

Entiendo lo que es pasar por un momento de frustración cuando nuestro hijo nos desobedece sistemáticamente, cuando una y otra vez nos desborda con sus rabietas y pataletas, cuando no para quieto o se pelea constantemente con su hermano. Se lo mal que uno se siente cuando le grita a sus pequeños y si estás leyendo este artículo es porque hay algo que se remueve por dentro: una inquietud por mejorar como padre o madre y sobre todo, que queremos a nuestro hijo o hija y deseamos que sea feliz a nuestro lado.

Sobre los efectos negativos de los gritos y cachetes he escrito varios artículos que puedes consultar, entre ellos te recomiendo:

En estos artículos hablo sobre las consecuencias de los gritos, los cachetes y bofetones en los niños, quienes se sienten mal ante este tipo de castigo, humillados y tristes. Por mucho que nos empeñemos en que nuestros hijos nos obedezcan con gritos y cachetes, se ha demostrado que el castigo físico que no es eficaz y, lo que es peor aún, el niño aprende que amor y violencia pueden ir de la mano, que cuando soy más fuerte puedo ejercer el poder sobre otro para imponer mi voluntad, que la inmediatez de la fuerza es más útil a la opción del diálogo y el establecimiento de límites.


Y sí, es verdad que, la opción del diálogo y el establecimiento de
límites requiere más esfuerzo, tiempo y dedicación, pero los
resultados son muy positivos.
La pregunta es : ¿es posible educar sin gritar?

Para empezar, tenemos que caer en la cuenta de que tanto educar con autoritarismo (aquí mando yo), como con demasiada permisividad (dejando que el niño o la niña haga y deshaga a su antojo o comprándoles todo lo que quieren para que nos dejen en paz), tiene consecuencias perjudiciales
para ellos, para la familia y para el conjunto de la sociedad.

El estilo autoritario trata de enseñar con límites impuestos por el miedo, sin espacios para razonar, dialogar y entender. El permisivo se desentiende de dar pautas y de enseñar lo que es correcto y lo que no, de respetar los derechos de otros y los propios. Uno, prepara ciudadanos sumisos o agresivos,
personas a las que no se les enseña a razonar, a cuestionar o a tener criterio propio. El otro, contribuye a crear ciudadanos egoístas, que muestran bajas dosis de empatía y falta de solidaridad o respeto por el bien común.

Podemos escoger una educación alternativa, un camino diferente: la educación asertiva, que parte de comprender que nuestros hijos son personas singulares, con cualidades propias, distintas a las nuestras. Respetar su ritmo, su proceso evolutivo y actuar en consecuencia, proporcionándoles amor, seguridad y autoestima, y guiándoles con normas y límites.

Los niños absorben como esponjas nuestros gestos, muletillas, forma de hablar y también nuestra forma de resolver los problemas. No podemos exigir ni esperar que nuestros hijos se comporten de manera diferente a como lo
hacemos nosotros, somos sus guías y referentes, tanto en lo bueno, como en lo malo. Meditemos sobre ello y pensemos que podemos ofrecerles el mejor ejemplo con la manera en que les educamos, les guiamos y protegemos: con respeto, diálogo y confianza mutua.

Foto cortesía de www.freedigitalphoto.net

Sara Tarrés

Soy Sara Tarrés, licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona, con Máster en dificultades del aprendizaje (ISEP) y Postgrado en Psicopatología infantojuvenil (ISEP). He trabajado como asesora y orientadora de padres y maestros en diferentes escuelas concertadas de Barcelona y como reeducadora de niños que presentaban diferentes dificultades en su aprendizaje. Actualmente dirijo Mamá Psicóloga Infantil desde donde oriento a padres en temas de crianza, desarrollo y educación. Esto me permite compaginar mi faceta de madre a tiempo completo sin dejar de lado mi actividad profesional.

Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. outlet bebes

    En mi opinión, gritar alguna vez no es malo para que se den cuenta quién manda en casa y que lo deben hacer bien para evitar volver a oírnos así

  2. fernan

    Excelente y maravilloso tema para reflexión y/o debate. En nuestro caso hemos intentado, y en ello seguimos, proporcionar una educación asertiva. Que fomente su independencia, el carácter explorador del niño. Siempre con supervisión, por supuesto. Tanto mi esposa como yo somos muy afectivos con nuestro hijo, nos queda claro que va a salir un niño seguro de sí mismo y me aventuraría a predecir que con buenos niveles de autoestima. Si bien, nuestro método, nuestra forma de ser, eso que calificamos de asertivo, le facilitan al niño traspasar límites. Aunque primitivo cognoscitivamente, tiene una capacidad infinita de absorver todo, y por ello con gran facilidad traspasa límites. Ejemplo, le permitimos explorar, él ya conoce todos los armarios, despensas, bañeras, muebles… dicen que no le puedes poner muros al campo. Algo así nos sucede. Pues bien, dicho todo esto, creo que estamos cayendo en el error de fomentar un comportamiento caprichoso, dominante del niño hacia nosotros. Está empezando a pegar a su madre, obviamente no obedece a casi nada, y todo lo tiene que explorar (hasta lo que no debe o puede ser). Es muy difícil impedirle las muchas cosas que no debe o puede hacer.
    Quiero continuar con lo que entiendo que es un método de educación asertiva, sin prejuicios, miedos,libre y afectiva. Nuestro método. Pero no soporto la idea que esto nos lleve hacia una personalidad caprichosa, consentida o desobediente. ¿Cómo equilibrarnos? Mi hijo tiene un año cuatro meses.
    P.D: No somos unos padres indiferentes a lo que el niño hace, ese es el problema. Sufrimos mucho porque es mucha batalla, y el niño la gana en muchas ocasiones.

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