Me paso todo el día riñendo a mis hijos: por qué ocurre y qué hacer

Me he dado cuenta de que me paso todo el día riñendo a mis hijos. Cuando no es una cosa es otra: se pelean, gritan, no hacen caso, se saltan las reglas…

Sí, me paso el día riñendo a mis hijos cuando quizá debería estar invirtiendo toda esta energía en algo más productivo.

Seguro que estas frases te suenan. Te suenan porque si estás leyendo este artículo probablemente estés buscando ayuda: quizá tú también sientes que te pasas el día regañando a tus hijos aunque no te gusta hacerlo ni reconocerlo.

Sí, somos personas imperfectas. Madres y padres que nos desbordamos.

En este artículo reflexiono contigo sobre qué puede haber detrás de esta situación y qué podemos revisar cuando sentimos que la convivencia se ha convertido en una sucesión constante de riñas.

Actualización del artículo · marzo de 2026

Este artículo fue publicado originalmente hace años y en marzo de 2026 ha sido revisado de nuevo para incorporar una mirada más actual sobre el desgaste parental, la regulación emocional infantil y las dinámicas familiares que pueden llevarnos a sentir que pasamos el día riñendo a nuestros hijos.

Yo, igual que tú, me equivoco muchas veces. Uno de mis mayores errores es perder la paciencia. Me doy cuenta de ello cuando veo que me paso todo el día riñendo a mis hijos.

Y entonces aparece esa sensación incómoda de sentirnos la peor madre del mundo, algo que muchas madres reconocen en algún momento de la crianza.

Y ¿por qué? ¿Qué es lo que ocurre? En este artículo reflexiono contigo sobre qué es lo que puede estar causando esta situación.

Me paso todo el día riñendo a mis hijos: ¿dónde está el problema, en ellos o en mí?

Supongo que depende, ya lo sabes. Hay días en los que una está más crispada, cansada o alterada que otros. Cuando el cansancio se acumula y la tensión forma parte del día a día, es fácil que aparezca lo que muchos padres describen como un auténtico desgaste emocional en la crianza.

Hay días en los que todo nos supera. Por más que intentemos que coman sano y variado, ellos se resisten y dejan el plato intacto, sin probar las verduras o ese caro pescado a la plancha que con tanto amor les hemos preparado. Y reñimos por no comer, algo que ocurre con bastante frecuencia cuando repetimos algunos de los errores más comunes que cometemos madres y padres a la hora de comer.

En realidad, muchas de estas escenas tienen más que ver con la dificultad que los niños tienen para tolerar la frustración que con un simple problema de obediencia. Algo que suele estar muy presente en las rabietas infantiles.

«Los niños son caprichosos por naturaleza», pensamos. «Nos tienen la medida tomada y saben con qué chantajearnos.» Bueno, quizás no sea para tanto. Vamos a ponerles un plato de pasta y de postre un flan, así se acabó el problema y dejamos de reñir por hoy. Error de nuevo. Volvemos a restarnos credibilidad y perpetuamos la espiral de las riñas diarias.

Hay días que nos entrometemos más de la cuenta en sus actividades diarias, en sus juegos, en sus riñas, en sus disputas y acabamos perdiendo la paciencia. Pero si somos capaces de alejarnos un poco observaremos que pueden resolver muchos de sus conflictos perfectamente solos. A veces olvidamos que no necesitamos actuar constantemente como árbitros o jueces entre nuestros hijos, algo de lo que hablo con más detalle en este artículo sobre las peleas entre hermanos y el papel de los padres.

Si les dejamos jugar a su libre albedrío, muchas veces juegan y comparten. Y esas riñas entre hermanos que tanto nos enervan suelen ser perfectamente normales. No siempre debemos ejercer el papel de policía ni de juez.

Así que, una vez más, me doy cuenta de que el problema muchas veces reside en mí y en mi manera de reaccionar ante determinadas situaciones. Quizá sea yo quien deba cambiar un poco de actitud.

Cuando las riñas se convierten en el tono habitual de la convivencia, muchas veces no estamos ante un problema de obediencia, sino ante una dinámica familiar que conviene revisar.

El problema de las expectativas

¿Y qué me decís de las expectativas? De esas expectativas que depositamos en nuestros hijos. Unas expectativas normalmente excesivamente altas y que con tanta frecuencia nos frustran. Expectativas en cuanto a lo que esperamos que hagan, digan o cómo esperamos que reaccionen.

Porque no hay nada peor que esperar algo de alguien y que no se cumpla. Gran reto para todos los padres evitar proyectar en nuestros hijos esas expectativas relacionadas con el hijo soñado o imaginado.

Mamás, papás, debemos aceptar a nuestros hijos tal y como son, con sus más y sus menos, guiándoles pero sin domesticar. En realidad, muchas veces nos pasamos todo el día riñendo a nuestros hijos porque pretendemos que sean de otro modo, que se comporten como niños que no son ni serán. Por eso es tan importante aprender a aceptar a nuestros hijos como son, con su carácter, sus ritmos y sus propias maneras de estar en el mundo.

De hecho, la dificultad de aceptar al hijo real cuando no coincide con el hijo que imaginábamos es una de las reflexiones que desarrollo en mi libro Mi hijo me cae mal, donde hablo precisamente de esas emociones incómodas que muchas veces preferimos callar en la crianza.

Eso no quiere decir que debamos dejar que hagan lo que quieran. Todo lo contrario: hay que educarles y guiarles, pero sin ejercer un control excesivo ni un dominio sobre todo lo que hacen o dicen.

Sí, a veces confundimos educar con controlar. Y cuando nos pasamos todo el día riñendo, día tras día, quizá sea una señal de que algo no estamos haciendo bien. Muchas veces detrás de esa necesidad de corregir constantemente también hay una dificultad para tolerar que los niños hagan las cosas a su manera, algo de lo que hablo con más detalle en este artículo sobre por qué a veces necesitamos controlar tanto a los niños.

Las riñas constantes y diarias pierden efectividad, no sirven para nada, no son educativas, solo perpetúan ese círculo vicioso en el que hemos caído. ¡Rompámoslo! Hoy evita reñir, razona tus argumentos o sencillamente déjalo pasar. Tampoco es bueno discutir por todo, desgasta y agota.

Muchas veces nos pasamos el día riñendo a nuestros hijos porque esperamos de ellos comportamientos que todavía no pueden sostener o que simplemente no forman parte de su manera de ser.

Muchas veces nos pasamos el día riñendo a nuestros hijos porque esperamos de ellos comportamientos que todavía no pueden sostener o que simplemente no forman parte de su manera de ser.

Qué puedo hacer si no quiero pasarme el día regañando a mis hijos

Cuando sentimos que la convivencia se ha convertido en una sucesión constante de riñas, quizá sea momento de parar y revisar algunas cosas.

Algunas preguntas que pueden ayudarnos son:

  • ¿Estoy corrigiendo cosas realmente importantes o todo se ha convertido en motivo de discusión?
  • ¿Estoy cansado o saturado y eso está influyendo en mi manera de reaccionar?
  • ¿Estoy esperando de mi hijo algo que todavía no puede hacer?
  • ¿Estoy interviniendo demasiado en los conflictos entre hermanos?

A veces no se trata de hacer más, sino de hacer menos. De observar un poco más y de intervenir solo cuando realmente es necesario.

No todo necesita corrección. No todo merece una discusión.

Y cuando las discusiones se repiten una y otra vez, muchas veces terminamos elevando el tono de voz sin darnos cuenta. Si sientes que los gritos empiezan a formar parte de la dinámica familiar, quizá te ayude reflexionar sobre por qué muchas madres acabamos gritando a nuestros hijos o sobre por qué gritar no suele funcionar en la educación.

Cuando sentimos que nos pasamos el día riñendo a nuestros hijos

Muchas madres y padres sienten en algún momento que se pasan el día riñendo a sus hijos. Cuando esto ocurre es fácil pensar que el problema está en ellos: que no obedecen, que discuten demasiado o que siempre están poniendo a prueba nuestra paciencia.

Pero muchas veces lo que hay detrás no es únicamente el comportamiento de los niños, sino también el cansancio acumulado, las expectativas que depositamos en ellos o la tensión cotidiana que se instala en la convivencia familiar.

Parar un momento y preguntarnos qué está ocurriendo realmente puede ayudarnos a cambiar la dinámica. A veces no se trata de hacer más, ni de exigir más, sino de observar mejor lo que está pasando y revisar cómo estamos reaccionando.

Educar no significa controlar cada conducta ni corregir cada pequeño error. Significa acompañar, guiar y también aceptar que la convivencia familiar tiene momentos de tensión, de frustración y de aprendizaje para todos.

Si sentimos que nos pasamos el día riñendo a nuestros hijos, quizá no sea una señal de que somos peores madres o peores padres, sino una invitación a mirar con más calma lo que está ocurriendo en casa y a buscar nuevas formas de relacionarnos.

Otros artículos que pueden ayudarte

Si sientes que te pasas el día riñendo a tus hijos, quizá también te ayude profundizar en alguno de estos temas relacionados con el desgaste emocional, los gritos, las rabietas o las expectativas en la crianza.

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 Preguntas frecuentes

¿Es normal sentir que me paso el día riñendo a mis hijos?

Sí, es una sensación bastante común en la crianza. Cuando la convivencia se llena de pequeñas discusiones, correcciones constantes o conflictos cotidianos, muchos padres sienten que pasan gran parte del día regañando.

En muchas ocasiones no se trata de que los niños “se porten mal”, sino de dinámicas familiares en las que el cansancio, las expectativas o la tensión diaria acaban influyendo en cómo reaccionamos.

¿Por qué siento que pierdo la paciencia con mis hijos con tanta facilidad?

La falta de paciencia suele estar relacionada con el cansancio acumulado, el estrés o la sensación de tener que estar corrigiendo continuamente.

Cuando las exigencias del día a día son altas, es más fácil reaccionar con irritación o frustración. Por eso es importante revisar no solo el comportamiento de los niños, sino también cómo nos encontramos nosotros como adultos.

¿Cómo puedo dejar de pasarme el día regañando a mis hijos?

El primer paso suele ser tomar conciencia de lo que está ocurriendo.

A veces ayuda preguntarnos si estamos corrigiendo cosas realmente importantes o si todo se ha convertido en motivo de discusión.

También puede ser útil intervenir menos en algunos conflictos, ajustar nuestras expectativas o buscar momentos de conexión con nuestros hijos que no estén centrados en corregir su comportamiento.

Foto cortesía
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