¿Tienen miedo al coronavirus los niños?

Hoy nos planteamos si tienen miedo al coronavirus los niños de la mano de Núria Garcia, Psicóloga y Psicoterapeuta, Coordinadora área Infanto-juvenil en CIDIE Fundació Ramon Rosal Cortés. Es un placer contar con su punto de vista y compartirlo contigo. Así que sin más dilación te dejo con ella y sus reflexiones derivadas de su experiencia profesional. Te animo a leer el artículo completo porque en este post aprenderás no solo sobre las emociones básicas y si no sobre otro concepto muy interesante: las emociones parásitas.

miedo al coronavirus
(c) Can Stock Photo / famveldman

Consideraciones previas

Estos días en las sesiones on-line, cuando les preguntaba a los niños/as si tenían miedo del coronavirus, me miraban con cara de confusión. Como si me intentaran expresar porque deberían tener miedo. Seguidamente me respondían que no. Después les hacía otra pregunta, –¿Creéis que el coronavirus es un peligro? – y enseguida respondían con firmeza – ¡Sí!

A continuación le preguntaba qué hacían para protegerse de este peligro, y me daban una serie de respuestas relacionadas con las medidas de protección establecidas como:

  • estar confinados en casa,
  • lavarse las manos con frecuencia,
  • no tocarse la cara , sobre todo la nariz, los ojos y la boca,
  • mantener la distancia con otras personas,
  • no darse besos y abrazos,
  • etc.

Y, aquí es cuando me di cuenta de la primera premisa.

Los niños/as no experimentaban miedo al coronavirus porque se sentían protegidos, dentro de casa, con su familia con quien realmente desean estar. En su zona de confort, haciendo lo que más les gusta: JUGAR. Y, además, a un ritmo más tranquilo y calmado.

Mi siguiente pregunta era si ante un peligro sentían miedo, a lo que también me contestaban rápidamente que -¡Sí! Entonces les volvía a preguntar, –¿Por lo tanto, tener miedo al coronavirus es normal porque es un peligro del que nos estamos protegiendo? – Y, es en este punto cuando los más pequeños entendían y comprendían lo que, nosotros desde la Terapia Basada en Inteligencia Emocional (Lizeretti, 2012), entendemos como “emociones auténticas”, en este caso el “miedo auténtico”.

¿Qué es el miedo?

El miedo es una emoción básica que sentimos ante una situación de peligro y su principal finalidad es sobrevivir.

Esta emoción se desencadena a partir de uno o varios estímulos que vivimos de forma amenazante.

En este punto, nuestro sistema del miedo para el que estamos genéticamente programados, se activa para dar una respuesta rápida y automática a esta situación de amenaza a partir de dos circuitos en el que juega un papel muy importante la amígdala. Es lo que se conoce hoy en día como el cerebro emocional (LeDoux, 1999).

  • La vía corta o pre-cognitiva, pasa del tálamo directamente hacia la amígdala dando una respuesta emocional instintiva y primitiva. Dicho de otro modo, nuestra reacción es una conducta rápida e inmediata delante la situación de peligro, por ejemplo, el salto o grito ante un susto inesperado.
  • En cambio, la vía larga o postcognitiva pasa del tálamo en dirección al neocórtex o córtex sensorial hasta llegar a la amígdala, lo que nos permite dar una respuesta emocional desde la cognición, por tanto pasa por nuestra conciencia.

Por ejemplo, si vemos un perro de lejos muy agresivo nos asustaremos y se activará la vía corta, pero si observamos mientras se acerca que el perro va atado y lleva bozal, inhibiremos directamente esta vía, ya que desde la razón determinaremos que estamos fuera de peligro (vía larga).

La experiencia del miedo aparece ante un estímulo, consciente o inconsciente, percibido como una amenaza física, psíquica o social. Esta experiencia subjetiva nos genera sentimientos de malestar y preocupación e incluso, la sensación de perder el control.

Estrategias de afrontamiento

Las estrategias de afrontamiento que utilizamos pueden ser:

  • Activas, cuando la persona siente que es capaz de «luchar», imponerse o dominar la situación a la que se enfrenta. Pongamos el ejemplo de un niño/a que tiene que hacer un examen, esta situación le genera cierto miedo, pero ha estudiado mucho, por lo tanto, se siente seguro para hacer frente de forma adaptativa a esta situación.
  • Pasivas, cuando la persona no tiene o cree que no tiene recursos para hacer frente a este miedo, y adopta una postura de huida o de quedarse paralizado. Por ejemplo, salir corriendo cuando un niño/a me quiere pegar; o quedarme inmóvil ante un grito de mi madre.

El miedo de los niños

Volviendo a mis sesiones on-line, les preguntaba a los niños/as si era bueno tener miedo. Enseguida me contestaban que – ¡Si, porque nos ayudaba a protegernos! Les había quedado claro que la emoción del miedo auténtica era funcional y adaptativa.

Pero luego les pedía que me hicieran una lista de sus miedos. Entre ellas estaban el miedo a:

  • quedarse solo/a,
  • la oscuridad,
  • suspender exámenes,
  • que les pase algo a alguien de su familia,
  • los perros,
  • quedarse sin amigos,
  • llegar tarde,
  • que las cosas no salgan como uno espera,
  • etc.

Entonces hacíamos el siguiente ejercicio: de esta lista de miedos debían separar aquellos que atendían a un peligro o amenaza física, psíquica o social real, de aquellos miedos que por el contrario eran irreales o imaginados. Asimismo tenían que decir cuáles de éstos les frenaba o limitaban a crecer y seguir adelante.

Y aquí es donde entraríamos a hablar de lo que son las “emociones parásitas”, en este caso, el “miedo parásito”.

Miedo al coronavirus niños
(c) Can Stock Photo / lucidwaters

Emociones parásitas

Cada emoción tiene una función diferente y va ligada a una necesidad básica para la persona, de forma que cada una de ellas se gestiona de manera diferente.

Cuando la emoción es auténtica actúa de forma emergente satisfaciendo nuestras necesidades vitales y contribuyendo a nuestro crecimiento y bienestar. En cambio cuando reprimimos una emoción o no la gestionamos bien, no dejamos que ésta haga su proceso imposibilitando la satisfacción de la necesidad a la que va ligada. Lo que provoca las emociones prohibidas que se acompañan de sentimientos de malestar e insatisfacción.

Por lo tanto, entendemos que cuando la experiencia emocional -lo que realmente sentimos- no concuerda con la expresión emocional, es decir, con lo que hacemos para satisfacer la necesidad y lo que mostramos en el exterior, hablamos de emociones parásitas (Lizeretti, 2012).

Veamos un ejemplo

Poniendo un ejemplo, imaginemos un niño/a al que desde muy pequeño se le ha prohibido la rabia, a través de mensajes como:

  • «vigila no hagas esto»,
  • «no pienses que ya pienso yo por ti»,
  • «vas muy lento ya te visto yo»,
  • «ya te soluciono yo los problemas»,

Este niño/a para satisfacer las expectativas del entorno, aprenderá a no mostrar o expresar esta emoción aunque la sienta. Esta sería su emoción prohibida. Pero como las emociones son energía y como tal, deben encontrar una salida, lo más probable es que se exprese en forma de otra emoción como puede ser, por ejemplo, el miedo. Que en este caso hace la función de emoción parásita, ya que no es la emoción que corresponde a la situación.

Por lo tanto, ante una situación de rabia, como una injusticia, se verá paralizado y encogido sin saber actuar, o recurrirá a evitar la situación por miedo a hacer frente al conflicto -todas ellas reacciones de la emoción del miedo-, llevándolo a un sentimiento de insatisfacción a largo plazo.

Como hemos comentado anteriormente, sentimos miedo cuando hay una situación de amenaza y nos sentimos en peligro. Esta reacción de alerta nos lleva o motiva a satisfacer la necesidad de protegernos.
Pero a veces el miedo también puede adoptar algunos disfraces o enmascararse con el fin de evitar una situación a la que no se quiere hacer frente. Por ejemplo, cuando un niño/a continuamente hace un uso excesivo de palabras como «no puedo», «no sé», «estoy cansado», «me da palo»… que no dejan de ser excusas que lo limitan, que lo frenan o impiden hacer cambios de cara a su crecimiento y bienestar.

Para concluir

Volviendo a las sesiones on-line, la siguiente pregunta tenía que ver en cuantificar cómo de intenso y de grande era su miedo al coronavirus o a otras cosas (reales o imaginarias). Y si ese miedo concordaba con la intensidad del peligro que estaba viviendo. En este sentido también podíamos ver si ese miedo era auténtico o parásito.

Con este ejercicio podemos observar lo importante que es que los niños/as y adultos aprendamos a identificar nuestras emociones básicas (alegría, tristeza, rabia o miedo), pero también que aprendamos identificar si estas emociones son auténticas o parásitas.

Esto nos ayudará no sólo a identificar lo que sentimos, sino también a tomar conciencia, comprender y gestionar nuestras emociones de forma saludable. Esto es lo que entendemos cuando hacemos referencia a desarrollar nuestra Inteligencia Emocional.

Núria Garcia
Psicóloga y Psicoterapeuta
Coordinadora área Infanto-juvenil

CIDIE Fundació Ramon Rosal Cortés
 

Un artículo muy interesante con el que estoy convencida que habrás aprendido un poco más sobre cómo funcionan nuestras emociones y por qué es importante aprender a identificarlas, expresarlas y gestionarlas de un modo saludable tal y como nos expone Núria Garcia a lo largo de este post.

Te sugiero el seguir leyendo: Inteligencia Emocional, cómo desarrollarla en familia o Educar en la calma en tiempos de confinamiento para profundizar un poco más en las cuestiones que hemos tratado en esta ocasión.

Recuerda compartirlo en tus redes sociales para que pueda llegar a otras personas interesadas en saber más sobre inteligencia emocional, educación emocional o sobre si los niños tienen miedo al coronavirus o es más una cuestión nuestra.

Sara Tarrés

Soy Sara Tarrés, licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona, con Máster en dificultades del aprendizaje (ISEP) y Postgrado en Psicopatología infantojuvenil (ISEP). He trabajado como asesora y orientadora de padres y maestros en diferentes escuelas concertadas de Barcelona y como reeducadora de niños que presentaban diferentes dificultades en su aprendizaje. Actualmente dirijo Mamá Psicóloga Infantil desde donde oriento a padres en temas de crianza, desarrollo y educación. Esto me permite compaginar mi faceta de madre a tiempo completo sin dejar de lado mi actividad profesional.