Llegan los últimos días de octubre y en muchas casas se repite la misma escena: comprar flores, organizar quién va al cementerio, decidir si los niños vienen o se quedan con alguien. A veces se decide sobre la marcha, sin pararse a pensar qué está viviendo cada uno. Y en esa visita, o en el ramo que se prepara en casa, los niños aprenden muchas cosas sobre cómo se recuerda a quien ya no está.
La tradición de llevar flores del Día de los Santos forma parte de esa manera de recordar. Para un niño, puede ser una de las primeras ocasiones en que la muerte aparece en la vida familiar de una forma tranquila, sin la urgencia de un funeral.
Lo que un niño ve cuando acompaña a llevar flores
Los niños pequeños entienden mejor lo que pueden tocar, oler y mirar que lo que se les explica. Elegir una flor, sostener el ramo, dejarlo en un sitio concreto: son gestos que tienen sentido para ellos aunque todavía no sepan ponerle palabras.
Y además miran a los adultos. Observan quién se queda callado, quién se emociona, quién habla del abuelo con una sonrisa. De ahí sacan buena parte de su idea sobre si de esto se puede hablar y de cómo se hace.

La edad cambia lo que entienden
Cada niño tiene su ritmo, así que las edades son orientativas. Lo que suele cambiar con los años es la manera de entender que la muerte es definitiva y que le pasa a todo el mundo.
Los más pequeños
Antes de los cinco o seis años es frecuente que mezclen lo real con lo imaginado. Un niño puede pensar que la flor «le llega» a la abuela, o preguntar cuándo va a volver. Podemos respetar esas imágenes y, a la vez, usar palabras claras: que la persona ha muerto, que su cuerpo ya no funciona y que no va a volver. Las expresiones como «se ha dormido» o «se ha ido de viaje» suelen confundir más de lo que protegen.
Cada familia explicará qué pasa después de la muerte según sus propias creencias. Eso le corresponde a cada casa.

En primaria
Muchos niños quieren participar y hacer lo mismo que hacen los adultos: colocar las flores, limpiar la lápida, encender una vela. También empiezan las preguntas sobre el porqué de las cosas. ¿Por qué crisantemos? ¿Por qué el 1 de noviembre? Les gustan las respuestas concretas: que el crisantemo florece en otoño y aguanta muchos días, o que su nombre viene del griego y significa algo así como «flor de oro».
Preadolescentes y adolescentes
Ya entienden la muerte como la entiende un adulto, y eso puede hacer que algunos prefieran no ir o se muestren distantes. A veces es su manera de protegerse. Proponer sin obligar suele funcionar mejor que insistir.
Cuando un niño no quiere ir
Puede pasar, y no hay por qué forzarlo. Hay otras maneras de participar que se pueden ofrecer:
- Preparar un ramo en casa y ponerlo junto a una foto de la persona.
- Escribirle o dibujarle algo, y llevarlo con las flores si quiere.
- Mirar fotos juntos y contar alguna historia de cuando estaba.
Lo que importa es que sepan que pueden recordar y preguntar, en el cementerio o en el comedor de casa.
Las 3R: antes, durante y después de la visita
En mi trabajo con familias uso un marco propio que llamo las 3R: revisar, recolocarnos y reparar. Lo he aplicado a conflictos muy distintos, como la mochila que se queda en el pasillo, y también sirve para pensar estos días.
Revisar
Antes de decidir si los niños vienen, y cómo, puede ayudar hacerse tres preguntas:
- ¿Qué le pasa a mi hijo con esta visita? ¿Tiene curiosidad, miedo, ganas, indiferencia?
- ¿Qué me pasa a mí? Quizá es un duelo reciente, o uno antiguo que estos días se nota más.
- ¿Qué pasa entre nosotros cuando sale este tema? ¿Hablamos de quien ya no está o cambiamos de conversación?
A veces el adulto que más sufre es el que organiza la visita, y lo hace con prisa y sin espacio para lo que siente. Darse cuenta de eso también es revisar.
Recolocarnos
Nuestro lugar es acompañar, aunque no tengamos todas las respuestas y aunque estos días nos cuesten. Podemos estar tristes delante de los hijos y decirlo: «Hoy echo mucho de menos a la abuela.» Lo que conviene cuidar es que no tengan que hacerse cargo de nuestra tristeza.
Recolocarse también puede ser algo muy práctico:
- Explicar antes cómo es el lugar y qué vamos a hacer allí.
- Dejar que elijan una flor del ramo, o que preparen un pequeño ramo con flores del jardín o del mercado.
- Nombrar en voz alta a la persona a la que se recuerda.
- Aceptar que se rían, que corran un poco o que se aburran. Siguen siendo niños.

Reparar
Habrá visitas que salgan torcidas: un «aquí no se juega» dicho con demasiada brusquedad, una pregunta que cortamos porque no podíamos con ella, un mal rato del que nadie volvió a hablar. Se puede volver sobre ello otro día: «El otro día me preguntaste por el abuelo y no te contesté bien. Estaba muy triste. Si quieres, ahora hablamos.» También se puede reparar con hijos ya mayores, sobre cosas que pasaron hace años.
La guía Hablemos de duelo, de la Fundación Mario Losantos del Campo, recuerda algo importante: las explicaciones erróneas sobre la muerte pueden confundir a los niños, y apartarlos de ella no les ahorra el dolor.
Cuándo pedir ayuda
Si la pérdida es reciente y notas a tu hijo muy triste durante mucho tiempo, con cambios en el sueño, en la comida o en el colegio, o si eres tú quien se siente sin fuerzas, coméntalo con su pediatra o con un profesional.
Una pregunta para ti
¿Cómo vivías tú el Día de Todos los Santos de niña o de niño? ¿Qué te gustaría mantener y qué te gustaría hacer distinto con tus hijos? Si quieres, cuéntamelo en los comentarios.
¿Te ha pasado algo parecido en casa? Puedes contármelo en los comentarios: los leo todos. Escribir un comentario
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