Cuando Diez ardillitas llegó a mis manos, sonreí antes incluso de abrirlo. La portada ya lo dice todo: un oso con cara de no entender absolutamente nada y diez ardillitas que tienen otros planes muy claros. Y eso, de entrada, ya me dice algo de este libro: el humor no es decoración, es el mecanismo. No hay sermón, no hay lección explícita, no hay adulto que aparezca a ordenar el caos. Solo una historia con ritmo, con animales con carácter, y con una cuenta que avanza y retrocede mientras todo se complica de la manera más divertida posible.
Este álbum ilustrado de Kael Tudor, con las ilustraciones de Marc Boutavant y traducción de Júlia C. Gómez Sáez, publicado por Combel en 2026, entra en la categoría de libros que parecen sencillos y resultan ser mucho más ricos de lo que prometen. En apariencia es un libro para aprender a contar. Pero si lo lees con atención —y lo leerás muchas veces, eso es lo que va a pasar— hay bastante más entre sus páginas.
De qué trata el libro
La premisa es tan simple como efectiva: diez ardillitas sentadas en fila, y una a una, se escapan. El oso, completamente desconcertado, intenta encontrarlas con la ayuda de una tropa de animales que va sumándose a la búsqueda —y añadiendo su propio caos—: nueve cotorras, ocho ocas, siete osos polares, seis camaleones, cinco ratones, cuatro patos, tres tortugas, dos periquitos (que ya habían aparecido antes, con retintín) y un tigre. La cuenta avanza y retrocede, hacia delante y hacia atrás, mientras la historia recorre las distintas estancias de una casa.
Pero lo que convierte este libro en algo especial son las ilustraciones de Marc Boutavant. Su estilo es inconfundible —cálido, detallista, lleno de humor visual— y cada doble página es un universo que pide tiempo. Las cotorras con el móvil en la mano. Las ocas jugando con juguetes tradicionales —un detalle curioso que, si te fijas, abre una conversación sobre cómo se jugaba antes y cómo se juega ahora—. Los camaleones que, siendo camaleones, dan mucho juego literalmente. Cada animal tiene personalidad propia, sus onomatopeyas, y sus modales. O la falta de ellos. Porque el libro también muestra, de manera completamente natural, animales que contestan de malas maneras, que no dan las gracias, que actúan sin pensar en los demás. Sin señalarlo. Sin convertirlo en ejemplo. Simplemente ocurre, y el niño lo ve.
El texto tiene un ritmo repetitivo y acumulativo que los niños pequeños adoran precisamente porque les permite anticipar. Saben lo que viene. Esa predictibilidad no aburre: tranquiliza, y esa seguridad es la que les permite implicarse, preguntar, participar.
Por qué recomiendo «Diez ardillitas» de Kael Tudor y Marc Boutavant
Llevo años reseñando libros infantiles y una de las cosas que más me interesa cuando evalúo un álbum es si la propuesta educativa —si la hay— está integrada en la historia o pegada encima. En este caso está completamente integrada. La cuenta del uno al diez, y de vuelta al uno, no es el pretexto del libro: es su estructura narrativa. Eso cambia mucho la experiencia lectora, para el niño y para el adulto que lee con él.
Contar hacia atrás, además, no es lo mismo cognitivamente que contar hacia delante. Requiere un nivel de abstracción diferente, mayor flexibilidad mental, y a menudo se trabaja mucho menos. Este libro lo hace de forma completamente natural, sin que nadie tenga que explicarlo ni convertirlo en ejercicio.
Más allá del número, el libro da para mucho. Los animales que aparecen, de dónde vienen, qué comen. Las habitaciones de la casa que van apareciendo y lo que hacemos en cada una. El veo veo entre páginas, las diferencias entre escenas, las ardillitas escondidas en los detalles. Y también —esto me parece especialmente valioso— la posibilidad de hablar de los modales sin hacerlo de forma directa, desde la historia de unos animales que a veces no se portan bien, en lugar de desde la corrección al niño.
Es un libro para 2-5 años, aunque con buena vida útil: los más pequeños disfrutan del ritmo y las imágenes, y los más mayores van encontrando capas nuevas en cada relectura.
Propuestas para trabajar «Diez ardillitas»
La lectura compartida de un álbum como este no termina cuando se cierra el libro. Lo que ocurre alrededor —las preguntas, las conversaciones, el juego que surge— es a menudo donde está el verdadero aprendizaje. Aquí van algunas ideas para acompañar esa experiencia, sin convertirla en tarea:
Contar hacia delante y hacia atrás.
Antes de pasar cada página, propón el reto: ¿cuántos animales crees que hay ahora? ¿Y si lo hacemos al revés? No se trata de que acierte, sino de que anticipe y compruebe. El error es parte del juego, no algo que corregir.
Buscar las ardillitas y los detalles escondidos.
Las ilustraciones de Boutavant tienen mucho más de lo que se ve a primera vista. Propón buscar las ardillitas en cada página, contar los animales nuevos, o encontrar algo específico: ¿ves algo rojo? ¿Cuántas puertas hay aquí? Es atención sostenida, pero el niño lo vive como exploración.
Las onomatopeyas en voz alta.
Hacer el sonido de cada animal convierte la lectura en algo físico y compartido. No importa si el sonido del camaleón nadie lo sabe: inventarlo juntos tiene más valor que acertar. El ritmo, el sonido y el cuerpo son el camino más corto hacia el lenguaje oral en los primeros años.
Hablar de los animales con curiosidad real.
¿Dónde viven los osos polares? ¿Qué comen los patos? ¿Has visto alguna vez una tortuga de verdad? No como clase de ciencias, sino como conversación genuina a partir de lo que el libro abre.
Recorrer la casa con el libro.
La historia pasa por distintas estancias. Es una buena ocasión para hablar de la propia casa:
- qué hacemos en cada habitación,
- qué objetos reconocemos,
- qué es diferente en la nuestra.
Vocabulario y sentido de pertenencia al entorno cotidiano, de forma completamente natural.
Los modales, desde la empatía y no desde la corrección.
Algunos animales no se portan bien. En lugar de señalarlo, vale la pena preguntar:
- ¿crees que el oso se ha sentido bien cuando le han contestado así?
- ¿Qué habrías hecho tú?
La reflexión sobre la conducta propia funciona mucho mejor cuando parte de un tercero —incluso si ese tercero es un oso ficticio— que cuando parte de una corrección directa.
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