Cuando la misma escena se repite: revisar, recolocarnos y reparar

Cuando el conflicto con tu hijo se repite: mirar la escena entera, cambiar desde dónde respondes y reparar después. El marco con el que acompaño a familias.
Madre abrazando a su hijo pequeño en el sofá de casa, en un momento de calma

Durante este mes te he ido contando una misma escena por partes. Un padre llega cansado a casa, se encuentra otra vez la mochila de su hijo en medio del pasillo y la lanza escaleras abajo. Dentro iba el portátil del colegio, y se rompió. Hoy quiero juntar las piezas, porque en muchos conflictos con los hijos lo que más agota es la sensación de estar siempre en el mismo sitio: la misma discusión, a la misma hora, con las mismas frases.

Revisar, recolocarnos y reparar son las tres R del marco con el que acompaño a las familias cuando eso pasa. Las presenté en la charla que di para FAD Juventud y en las últimas semanas las has ido leyendo por separado. Aquí las tienes juntas.

Por qué los conflictos con los hijos se repiten

Cuando una escena se repite, solemos buscar la explicación en el hijo: es desordenado, discute por todo, no escucha. A veces algo de eso hay. Pero cada vez que la escena vuelve, los dos llegáis un poco más preparados para lo de siempre: él para defenderse y tú para no dejarlo pasar. Y esa manera de llegar preparados también alimenta lo que pasa después.

El Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard describe la relación entre un niño y los adultos que le cuidan como un ir y venir: uno lanza algo y el otro responde. Hablan sobre todo de los primeros años y del desarrollo del cerebro, y a mí esa imagen me ayuda a pensar también en las discusiones de casa, porque lo que pasa entre los dos depende de lo que lanza cada uno. Tienen un vídeo breve, con versión en español, en su web.

Por eso las tres R empiezan por el adulto: es la parte de la escena que tienes más a mano.

Revisar: mirar la escena entera

El primer movimiento es detenerse un instante antes de responder en automático y hacerse tres preguntas: qué le pasa a mi hijo, qué me pasa a mí y qué está pasando entre nosotros. La tercera es la que deja ver el patrón que se repite.

En el caso de la mochila, lo que estalló ese día venía de antes: meses de cansancio acumulado y de pequeñas dificultades que se habían ido sumando. La mochila fue el detonante. Revisar deja intacto lo que pasó y cambia la pregunta que te haces después: además de qué hago para que mi hijo deje la mochila en su sitio, qué llevaba yo encima antes de que apareciera en el pasillo.

Entender de dónde venía aquel enfado no quiere decir que la mochila pueda quedarse en el pasillo. Te ayuda a pensar cómo pedírselo la próxima vez. Lo desarrollé en La mochila en el pasillo: por qué reaccionamos así.

Recolocarnos: cambiar el lugar desde el que respondes

Cuando ya ves el patrón, el siguiente movimiento es situarte de otra manera dentro de la misma escena. El ejemplo que usé fue el de una hija adolescente que discute por todo. Ella defiende su postura con fuerza, los padres matizan, ella lo vive como oposición y sube el tono, los padres argumentan más, y al final alguien se desborda.

Recolocarse puede ser algo tan concreto como dejar de tener como objetivo inmediato convencerla. El adulto sigue pensando lo que piensa, pero deja de entrar en el pulso.

Recolocarse lleva su tiempo. Lo primero es darte cuenta de lo que está pasando mientras pasa, ese momento en que piensas «ya estamos otra vez». Muchas veces llega tarde, cuando la discusión ya se ha roto, y aun así sirve.

Cuando lo notas, puedes probar a hacer algo distinto de lo de siempre. Con esta hija, en lugar de añadir otro matiz, decirle: «No necesito estar de acuerdo contigo para escucharte».

Después viene lo que más cuesta, que es mantenerlo. Lo normal es que la primera vez la conversación siga igual, porque ella tardará en creerse que algo ha cambiado. Si a la segunda vuelves al pulso, la escena se refuerza. Lo cuento con más calma en Cuando tu hijo necesita tener razón.

Reparar con tu hijo cuando algo se rompe

Aunque revises y te recoloques, habrá días en que te pases. Reparar es lo que haces después. El padre de la mochila fue a hablar con su hijo y le pidió perdón: le dijo que lo que había hecho no estaba bien, que se había desbordado y que eso era cosa suya. Después arreglaron juntos el portátil. Y el límite siguió en pie: la mochila sigue sin poder quedarse en el pasillo.

En casi todas las reparaciones que acompaño aparecen tres movimientos: nombrar lo que pasó, asumir la parte adulta y abrir la puerta para que tu hijo cuente cómo lo vivió. Lo cuento en Cuando ya ha pasado: cómo reparar después de un día malo con tu hijo.

Las tres R en la vida real

Las tres R no van en orden ni hay que completarlas todas cada vez. Tampoco sustituyen otras maneras de trabajar: las pautas concretas y las herramientas de la terapia cognitivo-conductual funcionan y tienen su lugar. Lo que añaden las tres R es la mirada a lo que pasa entre los dos. Puedes empezar por la que tengas más a mano.

Empiezan por el adulto porque es quien tiene más capacidad para dar el primer paso. Eso no te hace responsable de todo lo que pasa en casa, ni hace falta hacerlo perfecto para que algo se mueva.

Cuando trabajo con una familia, elegimos para empezar una escena que se pueda mover de verdad. Pocas veces es la más difícil o la que más molesta. Lo que se aprende con esa escena pequeña sirve después para las demás.

Una pregunta para esta semana

Piensa en la escena que más se repite en tu casa. ¿Qué te preguntarías para revisarla? ¿Qué cambio pequeño podrías introducir en tu forma de responder? Y si esta semana algo se rompe, ¿cómo te gustaría volver?

Si quieres empezar por la primera R, tienes justo debajo el cuaderno «Cuando reaccionas como no querías»: cinco preguntas para entender qué se activa en ti antes de que la situación se desborde.

También estoy preparando un acompañamiento para familias que sienten que se han quedado atascadas en la misma escena. Será un proceso de varias semanas, con pocas familias a la vez y con las tres R como hilo. Si quieres que te avise cuando abra, escríbeme a [email protected].

Y si te apetece seguir leyendo cada semana, te espero en la newsletter.

¿Cuál de las tres R te cuesta más: revisar, recolocarte o reparar? Si quieres, cuéntamelo en los comentarios.

Imagen cortesía Magnific

¿Te ha pasado algo parecido en casa? Puedes contármelo en los comentarios: los leo todos. Escribir un comentario

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