Son las siete de la tarde.
Llevas horas aguantando. El tono, los desafíos, esa forma que tiene de mirarte cuando le dices que no. Y en un momento —uno concreto, sin avisar— piensas: no soporto estar con él ahora mismo.
Y luego llega lo otro.
No la calma. La culpa.
Esa que aparece enseguida, casi antes de que el pensamiento se haya terminado de formar: ¿cómo puedo sentir esto? ¿Qué clase de madre soy?
De eso va este artículo. No del pensamiento en sí —eso ya lo trabajé en profundidad en el libro Mi hijo me cae mal— sino de lo que ocurre cuando la culpa llega a tapar lo que la emoción estaba intentando decirte.
La emoción no es el problema
Hay una diferencia importante entre sentir algo incómodo y el problema que creemos que eso revela sobre nosotras.
«Mi hijo me cae mal» incomoda tanto no porque sea una emoción terrible, sino porque choca con la versión de madre que hemos construido. Y cuando algo no encaja con esa imagen, la reacción más automática no es la curiosidad. Es el juicio.
Esto no debería pasarme. Esto no me debería pasar a mí.
Y en ese movimiento, tan rápido que apenas se percibe, dejamos de mirar la emoción y empezamos a luchar contra ella.
Lo que de verdad hay debajo tiene nombre en psicología: ambivalencia materna. La experiencia de tener dos emociones opuestas hacia la misma persona al mismo tiempo. Amor y agotamiento. Ternura y rabia. Conexión y necesidad desesperada de separación.
La ambivalencia materna ha sido estudiada incluso desde la investigación clínica y cualitativa como una experiencia frecuente y profundamente silenciosa en muchas madres. PubMed – “Living in two worlds”: A qualitative analysis of first-time mothers’ experiences of maternal ambivalence
No es una patología. No es un trastorno. Es una de las experiencias más comunes de la maternidad real — y una de las más silenciadas.
La culpa desvía la mirada justo cuando más falta hace
La culpa parece que te está pidiendo que te corrijas. Que te esfuerces más, que reacciones mejor, que seas distinta. Pero en realidad lo que hace es mantenerte ocupada juzgándote para que no tengas que preguntarte qué estaba pasando en ese momento.
Es como si hubiera una señal de alarma en casa y, en lugar de ir a ver de dónde viene, te dedicaras a buscar el modo de desactivar el sonido.
El sonido desaparece. La causa sigue ahí.
Las emociones difíciles —el agotamiento, el rechazo momentáneo, la irritación que no para— no aparecen para juzgarte. Aparecen para señalarte algo. Algo sobre el estado de la relación, sobre lo que llevas acumulado, sobre lo que necesitas y no estás pudiendo darte.
A veces no es solo lo que hace. Es lo que despierta en ti.
Hay otro elemento que complica todo esto, y del que se habla aún menos.
A veces el rechazo que sentimos hacia nuestro hijo no tiene que ver solo con lo que hace. Tiene que ver con lo que despierta.
Hay formas de reaccionar, de pedir atención, de no tolerar el límite, que no solo nos agotan. Nos remueven. Nos conectan con partes propias que preferimos no mirar: nuestra propia dificultad con la frustración, con la autoridad, con el no ser suficiente. Muchas veces hablamos de niños que “se portan mal”, pero pocas veces nos detenemos a mirar qué hay realmente detrás de esas conductas y qué nos despiertan emocionalmente como adultos. Sobre eso hablo con más profundidad en este artículo sobre por qué algunos niños parecen portarse mal y qué suele haber detrás de esas conductas
Y entonces ya no es solo que el comportamiento sea difícil de gestionar.
Es que encima nos estamos mirando a nosotras en un espejo que no habíamos pedido.
Eso agota de otra manera.
Lo que cambia cuando puedes nombrarlo sin juzgarte
No estoy hablando de resignarse a sentir lo que no quieres sentir. Estoy hablando de algo más concreto: de poder decirte a ti misma esto me está costando sin que eso se convierta automáticamente en soy una mala madre.
Porque son dos cosas distintas.
Una describe un estado. La otra es una conclusión sobre tu valor como persona.
Cuando puedes quedarte en la primera —esto me está costando, la relación está tensa, estoy al límite— algo se abre. No desaparece la dificultad, pero sí aparece algo de margen para preguntarte desde dónde estás reaccionando. Qué necesitas. Qué está necesitando él que no está sabiendo pedir de otra manera.
Hay una pregunta que me parece más útil que cualquier técnica para empezar:
¿Le diría esto a una amiga que me contara lo mismo? ¿La juzgaría igual que me juzgo a mí?
Si la respuesta es no —si a ella la abrazarías y le dirías que es normal, que es humana, que no la convierte en mala madre—, entonces tampoco te lo digas a ti.
Cuando el malestar se repite, merece más que autoexigencia
Si llevas tiempo sintiéndote así, quizás te ayude saber que no estás ante un fallo de carácter. Estás ante una señal de que algo en la dinámica —en ti, en él, entre los dos— necesita ser revisado con más calma de la que el día a día permite.
Eso a veces requiere tiempo, a veces un espacio de acompañamiento profesional, y casi siempre requiere algo que se da muy poco en la crianza: permiso para no estar bien sin que eso sea una catástrofe.
Si quieres profundizar en esto, en el libro Mi hijo me cae mal dedico un espacio importante a entender de dónde viene este conflicto emocional y qué ocurre cuando la crianza real no se parece a la que imaginábamos.
Y si lo que más te resuena ahora es la culpa —esa que aparece cada vez que sientes que no estás siendo la madre que querías ser— puede ayudarte leer también este artículo sobre culpa materna, autoexigencia y cansancio emocional
Más información sobre el programa: Buena madre aunque no lo parezca
Buena madre, aunque no te lo parezca
Si lo que lees aquí te resuena, hay un espacio donde poder mirarlo con más profundidad — sin juicio y con herramientas reales. No es un curso de crianza. Es sobre ti.
Saber más sobre el programa →Antes de cerrar, una pregunta que me parece más útil que cualquier conclusión:
¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste qué necesitas tú en esta relación, no solo qué le estás fallando a él?
