A menudo escucho una frase que al principio suena bien: «Nosotros ya no discutimos delante de los niños, hemos aprendido a mantener la calma.» No dudo de que sea cierto: han dejado de levantar la voz. Lo que no siempre se cuenta es lo que ha ocupado ese espacio. Porque entre gritar y resolver hay un territorio amplio, y muchas parejas se han instalado justo en el medio: ni pelean ni hablan. Se retiran. Contestan con monosílabos, se van a otra habitación, dejan pasar comentarios con un tono que dice más que las palabras. Y como no hay portazos, lo llaman calma.
A este conjunto de comportamientos —retirarse cuando algo duele, responder con comentarios cargados sin dar nombre al problema— se le llama pasivo-agresividad en pareja: una manera de nombrar cómo circula el malestar cuando no encuentra salida directa. Usarlo como término no implica acusar a nadie. De hecho, quien lo hace, la mayoría de las veces, no sabe que lo está haciendo.
La pausa que nunca termina
La regulación emocional real existe, y es valiosa: parar antes de decir algo que hiera, tomar distancia unos minutos, volver cuando el cuerpo ya no está en alerta. Pero eso solo funciona si hay un «volver». Lo que veo con más frecuencia es la primera mitad sin la segunda: la pausa se convierte en costumbre, y la vuelta nunca llega. El silencio deja de ser un descanso y pasa a ser una forma de castigo con buena reputación.
El comentario que no es silencio pero tampoco es honesto
Hay una segunda variante, más sutil y más difícil de nombrar. No es el silencio: es el comentario con doble fondo. «Qué bien que tú puedas quedarte tranquila viendo la serie», dicho mientras uno recoge la cocina solo. «Ya me imaginaba yo que esto también iba a caer de mi lado», dicho sin levantar la vista. Como no hay gritos, no cuenta como pelea. Pero comunica enfado igual de fuerte, solo que sin hacerse responsable de él.
Lo que hace especialmente difícil de manejar esta forma de comunicarse es que quien lo recibe tampoco puede señalarla con facilidad. Si lo hace, la respuesta habitual es: «Yo no he dicho nada malo, estás exagerando.» Y ahí queda: el malestar en el aire y la persona que lo recibe con la sensación de haber visto algo que según la otra persona no existía. Con el tiempo, ese patrón genera más distancia que una discusión directa.
Muchos de estos comentarios tienen debajo una queja legítima: trabajo que no se reparte, esfuerzo que no se ve, cansancio que se acumula sin que nadie lo nombre. El problema no está en el fondo, sino en la forma: comunicar el malestar de manera que la otra persona no pueda responderle de frente.
Los investigadores John y Julie Gottman llevan décadas estudiando qué dinámicas predicen la ruptura en una pareja. El silencio sostenido —lo que ellos llaman stonewalling— aparece como uno de los cuatro patrones más destructivos, precisamente porque se disfraza de autocontrol. → The Four Horsemen: Stonewalling (The Gottman Institute)
Por qué se llega hasta aquí
Nadie elige esto de forma consciente. La mayoría de las parejas que funcionan así crecieron pensando que discutir era sinónimo de fracaso, o vivieron discusiones que se les fueron de las manos y ahora temen repetirlas. Evitar el choque directo se convierte en una forma de protegerse, y de sostener también la imagen de familia tranquila que quieren dar.
Si eres quien se retira o lanza comentarios cargados, probablemente no lo haces para hacer daño. Lo haces porque expresar el enfado de frente te parece más peligroso que guardarlo. Si eres quien recibe ese silencio o esos comentarios, es posible que hayas aprendido a no señalarlos para no abrir algo que no sabes si se puede cerrar bien. Los dos mecanismos tienen una lógica. Y los dos tienen un coste.
Querer tranquilidad no tiene nada de malo. El problema aparece cuando esa tranquilidad evita el tema en lugar de resolverlo: entonces no cura nada, solo aplaza, y lo aplazado suele acumularse.
Lo que los hijos perciben aunque nadie les diga nada
Vale la pena separar dos cosas que se parecen por fuera pero no son lo mismo. Una es dejar de discutir porque el desacuerdo se habló y se llegó a algún sitio. La otra es dejar de discutir porque nadie quiere volver a abrir el tema. La primera reduce la tensión en casa. La segunda la mantiene, solo que en un tono más bajo. Eso es pasivo-agresividad en pareja,
Los hijos e hijas perciben el cuerpo tenso en la mesa, las respuestas cortas, la sensación de que algo flota en el ambiente sin nombre. A un niño le faltan palabras para describir lo que está pasando. Su cuerpo, en cambio, lleva la cuenta. Y eso también le afecta, aunque en casa nadie haya alzado la voz.
Tener referentes que demuestran que el desacuerdo se puede atravesar sin que todo se venga a bajo es lo que más protege a un hijo en medio de la tensión familiar. Una casa sin gritos pero con distancia no le enseña a gestionar nada. → The Four Horsemen: The Antidotes (The Gottman Institute)
Una dinámica que se construye entre dos
Esto tampoco es un asunto de quién tiene peor carácter. Suele construirse entre dos, con acuerdos silenciosos: uno se retira, el otro deja que se retire porque también le alivia no hablar. Con el tiempo se convierte en el idioma habitual de la pareja, y cambiarlo no depende de que una sola persona «se calme más» o «se explique mejor». Depende de que ambas partes acepten que evitar el conflicto tiene un coste, aunque ese coste no se vea tan claro como un portazo.
Lo que cambia cuando la pasivo-agresividad en pareja se puede explicar
Ver a sus padres atravesar un desacuerdo sin que todo se rompa es una de las cosas que más le enseña a un niño sobre el conflicto. Que alguien lo sostenga, lo nombre y después siga —eso es lo que queda.
Nombrar la pasivo-agresividad en pareja cambia el punto de partida. Pasa de ser una dinámica que ocurre en sordina —que nadie puede señalar sin que el otro lo niegue— a ser una conversación que los dos pueden tener de frente. Esa diferencia, aunque al principio parezca pequeña, es la que permite que el malestar deje de circular disfrazado. Y que los hijos vean algo distinto: que el conflicto se puede atravesar sin que el mundo se quiebre.
Si en tu casa ya no se grita pero tampoco se habla, quizás no habéis aprendido a gestionar el conflicto. Solo habéis aprendido a esconderlo mejor. (De esto hablo en el capítulo 5 de Mi hijo me cae mal.)
- → Agotamiento materno: cuando el cansancio ya no se arregla durmiendo Por qué el cansancio que viene de sostener la casa sola tiene una lógica que va más allá del sueño.
- → ¿Por qué trato mal a mi hijo? Cuando la tensión que no se dice en pareja termina saliendo por otro lado.
- → 8 claves para eliminar el comportamiento pasivo-agresivo — reseña del libro Si quieres profundizar en el patrón, este libro lo trabaja con claridad.
¿Quieres trabajar los patrones de comunicación desde casa?
Tengo un curso gratuito para ayudarte a entender qué pasa cuando la comunicación con los tuyos se bloquea y cómo introducir cambios reales.
Créditos de imágenes: todas las fotografías de este artículo han sido obtenidas a través de Magnific.