Parques infantiles: mucho de qué hablar y pensar.

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Yo suelo frecuentar mucho los parques infantiles, todos los días o casi todos en los que no llueve ni hace excesivo frío. Los frecuento asiduamente desde hace unos 4 años y medio, es decir desde que mi hijo mayor tenía unos 6 meses más o menos. Soy una firme defensora de estos lugares, de los parques infantiles donde los niños pueden desarrollar sus capacidades y habilidades tanto psicomotrices, sociales o emocionales. Y como firme defensora de los parques infantiles recomiendo que todos papás y mamás lleven a sus niños y niñas a divertirse siempre que tengan la ocasión de hacerlo.

Pero hoy no voy a hablar de las múltiples ventajas que proporcionan los parques infantiles para el desarrollo de nuestros hijos, no hablaré de lo importante que es que se relacionen con otros niños compartiendo juguetes, ni de los distintos elementos que facilitan que mejoren en su equilibrio o psicomotricidad. 

Hoy no quiero hablar de los parques infantiles como lugar de ocio y aprendizaje sino de los parques infantiles como lugares peculiares donde nos reunimos personas muy diferentes y podemos aprender mucho, nosotros, los adultos, si abrimos bien los ojos, si nos fijamos bien en los demás y pensamos sobre nuestras actitudes cuando estamos disfrutando, o no, de estos espacios.

Los parques infantiles, que normalmente se encuentran cerca de nuestras casas o de los colegios de nuestros hijos, si lo pensamos bien, son lugares peculiares por la diversidad de gente que los frecuenta. Normalmente no interactuaríamos con muchas de las personas que allí encontramos, pero nuestros hijos y su diversión es lo que nos une y hace que tengamos puntos en común a pesar de tener diferentes personalidades, puntos de vista y distintos estilos educativos. Esta diversidad, siempre positiva y enriquecedora, genera también algunos roces o pequeñas fricciones. Ante tanta diversidad, siempre hay alguien quien cree tener el niño más bien educado, bueno y fantástico del mundo en comparación con otros. 

Teniendo en cuenta que hay tantas formas de educar como padres y madres, es normal que siempre haya quien critique la forma de hacer de unos y de otros, aunque en ocasiones hay quien se preocupa más del entorno que le rodea que de lo que realmente tiene entre sus manos. Y diciendo esto casi me da la sensación de estar haciendo lo mismo en este momento, pero es que resulta tan fácil criticar a los demás ¿verdad?. 

Hoy no puedo evitar hacer un post muy personal, entrando a reflexionar con todos vosotros lo difícil que es en algunas ocasiones mantener la compostura ante personas que creyendo y buscando el bienestar de sus hijos o nietos lo único que consiguen es sobreprotegerlos en exceso, limitándoles, cohibiéndoles, impidiendo que se relacionen con otros niños y manteniéndoles aislados. Se preocupan tanto porque ese niño no se ensucie, se manche, se caiga o … que olvidan que parte de lo fundamental de la infancia es precisamente eso: aprender a caerse y levantarse, a limpiarse, a pedir perdón a un compañero cuando se equivocan, a reírse a carcajadas, a inventar mil y una … En fin a ser niño o niña.

Hoy, sin ir más lejos, mientras disfrutaba con mis dos pequeños en un parque cercano a casa, una abuela acompañaba a su nieto de cerca de 3 años. Mis hijos corrían, reían y hacían de niños, mejor o peor educados, pero jugaban corriendo, riendo e imaginando. El niño de tres años apenas se movía, no lo he oído en todo el tiempo que hemos estado junto a él, algo más de una hora. Aunque no he parado de oír a su abuela: no corras, no toques, deja eso que está sucio, esos niños son muy traviesos, no vayas por ahí, … Mi hijo pequeño, de 30 meses, subía y bajaba del tobogán sin ninguna dificultad, cayéndose de vez en cuando pero sin dramatismos. El pequeño de 3 años acompañado de la yaya miraba pero no se atrevía y su abuela por supuesto no lo animaba, todo lo contrario era peligroso. 

En esta historia hay dos puntos de vista obviamente, y aunque a la abuela solo le ha faltado decirme que mis hijos eran unos mal educados (con o sin razón) la verdad es que prefiero unos niños que corran y salten, unos niños que rían a carcajadas mientras se persiguen el uno al otro, unos niños que no tienen miedo a establecer nuevas amistades, que imaginan libremente mientras recogen hojas del suelo y preparan espaguetis con ramitas, en fin, niños niños. La abuela solo quería lo mejor para su nieto y buscando su bienestar y seguridad ha olvidado lo esencial: la necesidad de ser niño cuando toca serlo. Y esta situación no solo ocurre con abuelas y nietos, son muchos los padres y madres que actúan o hemos actuado así en algún momento. Lo bueno de todo esto es pararse y pensar si manteniendo estas actitudes sobreprotectoras estamos ofreciendo lo mejor a nuestros hijos.

photo credit: Riki Andres via photopin cc

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