Onomatopeyas de animales: por qué ayudan al lenguaje y cómo jugar en casa

Por qué jugar a imitar los sonidos de los animales ayuda al lenguaje, cómo hacerlo según la edad y qué signos de alerta conviene consultar con el pediatra.
onomatopeyas

«Muuu». Le enseñas la vaca del libro, haces el sonido y él se te queda mirando. Un día, cuando menos te lo esperas, intenta repetirlo. Le sale algo parecido a un balbuceo, te ríes, y lo vuelve a hacer. Muchas madres y padres recuerdan ese momento con una sonrisa.

Jugar a los sonidos de los animales es algo que hacemos casi sin pensar, y es una de las primeras veces que un niño usa la voz para representar algo del mundo. Saber qué está pasando en ese juego ayuda a disfrutarlo más y a no convertirlo en una tarea.

Qué pasa cuando tu hijo imita el sonido de un animal

Cuando un niño escucha el «cuac» de un pato y lo repite, pasan varias cosas a la vez. Primero tiene que distinguir ese sonido de todos los demás que oye a su alrededor, lo que llamamos discriminación auditiva. Después planifica y hace el movimiento de labios, lengua y garganta que necesita para reproducirlo. Y además une ese sonido a un animal concreto, que es una de sus primeras experiencias de pensamiento simbólico: un sonido que ocupa el lugar de algo.

Hay una cuarta cosa, que es la que más se nos pasa por alto: lo hace para ti. Hace el sonido, te mira y espera a ver qué haces. Cuando te ríes o le contestas y él vuelve a intentarlo, está aprendiendo que comunicarse tiene respuesta. El lenguaje crece en ese ir y venir entre los dos.

La discriminación auditiva, además, la seguirá necesitando años después, cuando aprenda a leer y tenga que distinguir los sonidos de las letras. Jugar a los sonidos de los animales es una forma muy natural de ir entrenándola.

Cuando tu hijo hace el sonido de un animal y te mira esperando tu reacción, ya está conversando contigo.

Por qué las onomatopeyas son tan buena puerta de entrada al lenguaje

Antes de decir «perro», muchos niños dicen «guau». La onomatopeya les sirve de nombre provisional para referirse a las cosas mientras llega la palabra. Son sonidos cortos, que se repiten y se pronuncian con facilidad, y muchos se parecen a lo que representan: el «sss» de la serpiente suena a serpiente. Provocan risa y sorpresa en el adulto, y eso invita a repetir. Y se pueden jugar casi en cualquier sitio, con un libro, en la bañera o en el coche.

Los niños aprenden mejor lo que viven con emoción y en relación con alguien, y este juego junta las dos cosas. Por eso las aplicaciones pensadas para «estimular» a los bebés no pueden ocupar el lugar de este rato: les falta justo lo que más cuenta, una persona que le mira y le responde.

Cómo jugar según la edad

Desde los cinco o seis meses puedes hacerle sonidos sencillos mientras te mira, como «muuu» o «bee». Todavía no los imitará, pero los escucha, reacciona a tu voz y empieza a distinguirlos. Si solo te mira, también está aprendiendo.

Alrededor del primer año suele aparecer la imitación activa, y también la curiosidad por saber de dónde viene cada sonido. Señala el animal en el libro, haz una pausa y deja un hueco para que sea él quien lo nombre o lo imite.

Entre el año y medio y los tres años empieza a juntar el sonido con la palabra, «perro guau». Es un buen momento para inventar historias cortas en las que los animales se encuentran y cada uno hace su sonido.

Entre los tres y los cinco años, con el juego simbólico ya en marcha, funcionan muy bien las adivinanzas: él hace el sonido y tú adivinas el animal, y después al revés. También podéis agrupar los animales por dónde viven o por cómo suenan. Los cuentos con muchos animales dan mucho juego para esto. En «¡Vaya noche!», por ejemplo, todo un edificio de vecinos se despierta por culpa del «¡BUAAA!» de Bebé Jirafa, y cada vecino pide su propio sonido.

En todas las edades vale lo mismo: la idea es que le apetezca imitar, sin exámenes ni correcciones. Si un día no imita, no pasa nada. Puedes volver a probar otro día, con otro animal o en otro momento. Muchos de los mejores ratos para el lenguaje pasan en lo cotidiano, en el baño, en el coche o antes de dormir.

Libros y juguetes que pueden ayudar

No hace falta nada especial para jugar a esto, pero algunos materiales hacen el juego más rico y variado.

Libros de imágenes y de texturas

Los libros con imágenes sencillas de animales sirven desde los seis meses. Señalas el animal, haces el sonido y esperas. Con el tiempo será él quien señale y espere a que tú hagas el sonido, y más adelante lo hará él. Si además el libro tiene texturas, el bebé toca el animal mientras lo mira y lo escucha, y eso le ayuda a mantener la atención más rato. En el blog tienes la reseña del Toca, toca Juega-libro, con texturas, formas troqueladas y los sonidos de los animales.

Libros de actividades

Los libros de actividades blandos, con piezas para tocar, mover y abrir, también sirven para nombrar animales e imitar sus sonidos mientras juegan. Uno de ellos es este libro de actividades de hahaland con animales de la granja, pensado para niños de uno a tres años.

Puzzles y figuras de animales

Con un puzle de madera puedes hacer el sonido cada vez que colocáis una pieza. Las figuras y los juegos magnéticos encajan muy bien con el juego simbólico de los tres a los cinco años: movéis los animales, les ponéis voz y construís una historia con ellos. El Magneti’Book Animales de Janod va en esa línea.

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Cuándo conviene consultar

Cada niño lleva su ritmo, y un niño de catorce meses que todavía no imita sonidos de animales no tiene por qué tener ningún problema. Lo que más orienta es cómo va evolucionando: si va ganando habilidades, si señala, si busca comunicarse contigo.

Aun así, viene bien tener algunas referencias. La Asociación Española de Pediatría recoge en su protocolo sobre los trastornos del lenguaje, del habla y de la comunicación varios signos de alerta. Entre los 12 y los 15 meses, que no balbucee, que no señale para pedir lo que quiere o que no responda a gestos acompañados de palabras como «dame», «toma» o «mira». Hacia los 18-20 meses, que diga menos de diez palabras. A los 24 meses, que diga menos de cincuenta o que todavía no junte dos palabras. Y a cualquier edad, que pierda habilidades que ya tenía. Un solo signo no es un diagnóstico, pero sí es motivo para comentarlo.

La primera persona a quien preguntar es el pediatra, que puede derivar a logopedia o a psicología infantil si lo ve necesario. Si algo te preocupa de verdad, es mejor consultarlo pronto que esperar a que «se le pase». Si quieres leer más sobre ese momento, tienes cuándo buscar orientación profesional.

¿Cuál fue el primer sonido de animal que hizo tu hijo? Si te acuerdas, cuéntamelo en los comentarios.

¿Te ha pasado algo parecido en casa? Puedes contármelo en los comentarios: los leo todos. Escribir un comentario

Envíaselo a quien esté viviendo lo mismo

2 respuestas

  1. Me encantan sus artículos son muy educativos, ya que cuando alcanzamos cierto grado de madurez nos olvidamos que también fuimos niños o también la inexperiencia en esta nueva etapa de nuestras vidas que nos cambia completamente.. M gustaría que m enviarán artículos a mi correo electrónico… muchas gracias. .

    1. Gloria Maria,
      muchas gracias por tu comentario, es un placer poder compartir con todos vosotros las inquietudes que yo, como madre, también siento y poder ofrecer un poco de luz sobre tantas y tantas dudas que nos acosan una vez iniciado el camino de la maternidad o paternidad.
      Para poder recibir las actualizaciones del blog en tu correo electrónico debes suscribirte en el apartado correspondiente que encontrarás en la barra lateral derecha del blog.
      Muchas gracias de nuevo y espero volver a verte pronto por aquí.

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