Los resultados de PISA 2025 vuelven a poner sobre la mesa algunas cuestiones que preocupan a muchas familias: las dificultades en comprensión lectora, el descenso del rendimiento en matemáticas, la distracción que pueden generar los dispositivos digitales o el uso cada vez más frecuente de herramientas de inteligencia artificial para estudiar.
Y, como suele ocurrir cuando aparece un informe de estas características, enseguida buscamos explicaciones y culpables.
Que si son las pantallas.
Que si fue la pandemia.
Que si los adolescentes ya no se esfuerzan.
Que si la inteligencia artificial les está impidiendo pensar.
Pero cuando hablamos de desarrollo, educación y aprendizaje, pocas veces existe una única causa. De manera que debemos pararnos y analizar bien todo lo que ocurre porque los datos de PISA 2025 son importantes y merecen que los observemos con atención. Pero también con prudencia.
Porque una cosa es encontrar una relación entre dos fenómenos y otra muy distinta afirmar que uno provoca directamente el otro.
Y esta diferencia es especialmente importante cuando hablamos de nuestros hijos, de sus resultados académicos y del futuro que les espera.
¿Qué es PISA y qué evalúa realmente?
PISA es el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes que realiza periódicamente la OCDE.
En la edición de 2025 participaron más de 760.000 estudiantes de 15 años de 91 países y economías. En esta ocasión, ciencias ha sido el área principal de evaluación, aunque también se han analizado matemáticas, lectura y nuevas competencias relacionadas con el aprendizaje en entornos digitales.
PISA no pretende medir únicamente cuánto contenido académico recuerdan los estudiantes.
Busca observar hasta qué punto son capaces de utilizar lo que saben para:
- comprender información;
- interpretar textos;
- resolver problemas;
- razonar;
- relacionar conocimientos;
- aplicar lo aprendido a situaciones nuevas.
Por eso sus resultados nos permiten reflexionar sobre algo más amplio que las notas.
Nos hablan, con todas las limitaciones propias de este tipo de evaluaciones, de cómo están aprendiendo nuestros adolescentes y qué herramientas están desarrollando para comprender el mundo que les rodea.
¿Qué ha ocurrido en España?
Los resultados españoles de 2025 han empeorado respecto a 2022 en lectura y matemáticas, mientras que en ciencias se mantienen aproximadamente estables.
Si ampliamos la mirada hasta 2015, los resultados actuales se sitúan entre los más bajos registrados por España en las tres áreas evaluadas.
Actualmente:
- el 68 % de los estudiantes españoles alcanza al menos el nivel básico en lectura;
- el 67 % lo consigue en matemáticas;
- el 76 % en ciencias.
Visto desde el otro lado, aproximadamente uno de cada tres adolescentes no alcanza el nivel básico establecido por PISA en lectura o matemáticas.
También son pocos quienes llegan a los niveles más elevados de rendimiento.
Estos datos deberían preocuparnos.
Pero no deberían servir para etiquetar a toda una generación como menos preparada, más perezosa o menos capaz.
Deberían ayudarnos a hacernos mejores preguntas.
La comprensión lectora es uno de los datos que más debería hacernos pensar
El descenso en lectura no es exclusivamente español.
Entre 2015 y 2025, la puntuación media en lectura ha descendido de forma importante en el conjunto de países de la OCDE.
Y esto ocurre precisamente en un momento histórico en el que nuestros hijos tienen acceso a más información que ninguna generación anterior.
Pueden consultar prácticamente cualquier dato en segundos.
Pueden obtener un resumen automático de un texto.
Pueden pedir que alguien —o algo— les explique un concepto.
Pueden preguntar a una inteligencia artificial casi cualquier cosa.
Pero tener información disponible no significa comprenderla.
Leer implica mucho más que reconocer palabras.
Implica mantener la atención, construir significado, relacionar diferentes partes del texto, realizar inferencias, detectar contradicciones, valorar las fuentes y distinguir entre hechos, opiniones e interpretaciones.
Por eso comprender bien lo que leemos no es únicamente una competencia académica.
Es una herramienta para pensar.
Y probablemente sea una de las habilidades que más deberíamos proteger en un mundo saturado de información.
El hábito lector se construye mucho antes de la adolescencia
Aquí las familias podemos hacer bastante más de lo que a veces pensamos.
El gusto por la lectura no aparece de repente a los 12 o 14 años, cuando empezamos a preocuparnos porque nuestro hijo “no lee”.
Se construye mucho antes.
Empieza cuando un bebé manipula un libro.
Cuando un niño señala una ilustración y alguien le pone palabras.
Cuando pide escuchar una y otra vez la misma historia.
Cuando ve leer a sus padres.
Cuando descubre un libro sobre algo que realmente le interesa.
Hace tiempo que insisto en que leer a diario debería formar parte de la vida cotidiana de nuestros hijos, no necesariamente como una obligación escolar, sino como una actividad disponible, cercana y normalizada dentro de la familia.
No necesitamos convertir cada momento de lectura en una actividad pedagógica.
Ni preguntar después:
“¿Qué has entendido?”
“¿Quién era el protagonista?”
“Explícame el argumento.”
A veces basta con leer.
Y disfrutar.
Esta es la ecuación bajo mi punto de vista –> leer + disfrutar = leer para disfrutar o disfrutar leyendo. Pero sé que no es fácil conseguirlo. Sé las dificultades que puede
Leer juntos antes de que sepan leer
Muchas veces pensamos que la lectura comienza cuando el niño aprende formalmente a descodificar palabras.
Pero la relación con los libros empieza mucho antes.
La [lectura compartida con niños pequeños] permite desarrollar lenguaje, ampliar vocabulario y favorecer habilidades tempranas de comprensión.
Podemos señalar imágenes.
Preguntar qué cree que sucederá.
Nombrar objetos.
Hablar de los personajes.
Relacionar lo que ocurre en el cuento con alguna experiencia cotidiana.
Responder a sus preguntas.
Incluso antes de los tres años, un libro puede convertirse en un espacio compartido de atención, lenguaje y vínculo.
Y con los bebés tampoco se trata de enseñar a leer.
Se trata de compartir voz, mirada, imágenes y presencia.
Por eso los [libros para bebés] no son únicamente un recurso de estimulación. También pueden formar parte de esos pequeños momentos cotidianos en los que adulto y niño se encuentran alrededor de una historia.
¿Y si pide el mismo cuento una y otra vez?
A los adultos puede parecernos repetitivo.
A los niños no.
Volver a escuchar una misma historia les permite anticipar lo que ocurrirá, reconocer estructuras, incorporar palabras nuevas y comprender cada vez mejor aquello que escuchan.
Lo conocido, además, ofrece seguridad.
Y precisamente porque ya saben qué sucederá pueden empezar a fijarse en elementos que antes habían pasado desapercibidos.
No necesitamos estar permanentemente buscando nuevos estímulos.
Releer también es aprender.
Leer no debería convertirse en otra obligación
Este punto me parece especialmente importante.
Si queremos que nuestros hijos lean, convertir permanentemente la lectura en una tarea puede conseguir justo lo contrario.
No todos los niños tendrán el mismo gusto lector.
No todos querrán leer novelas.
Algunos preferirán cómics, libros informativos, biografías, revistas, manuales, manga o historias relacionadas con intereses muy específicos.
Y está bien.
Podemos favorecer la lectura de muchas formas:
- dejando libros a su alcance;
- visitando bibliotecas y librerías;
- permitiéndoles elegir;
- regalando libros;
- hablando de aquello que nosotros estamos leyendo;
- buscando temas relacionados con sus intereses;
- creando momentos tranquilos sin otras demandas;
- evitando convertir cada lectura en un examen.
En mis [10 reglas de oro para fomentar el amor por la lectura] ya planteaba una idea que sigue siendo fundamental: podemos acompañar, ofrecer y modelar, pero obligar rara vez construye una relación positiva con los libros.
El objetivo no es conseguir que nuestros hijos lean exactamente aquello que nosotros queremos.
El objetivo es que puedan descubrir que leer también puede pertenecerles.
Entonces, ¿las pantallas tienen la culpa?
Es probablemente una de las conclusiones más tentadoras después de conocer los resultados de PISA 2025.
Y también una de las que requieren más prudencia.
En España, los estudiantes afirman utilizar dispositivos digitales en el centro educativo una media de aproximadamente 1,4 horas diarias para actividades de aprendizaje y unas 0,7 horas para ocio.
Además, alrededor del 29 % de los estudiantes afirma que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases de ciencias.
Los estudiantes que se encuentran en aulas donde existe esta distracción obtienen peores resultados.
Pero debemos interpretar correctamente este dato.
Estamos hablando de una asociación.
PISA no demuestra que utilizar un móvil provoque directamente una determinada caída del rendimiento escolar.
Pueden intervenir muchas otras variables:
- motivación;
- calidad del sueño;
- dificultades de aprendizaje;
- funcionamiento del aula;
- hábitos de estudio;
- contexto socioeconómico;
- situación familiar;
- bienestar emocional;
- características del propio centro educativo.
Lo que sí parece bastante razonable afirmar es algo mucho más sencillo:
para aprender necesitamos prestar atención.
Y un entorno lleno de interrupciones dificulta mantenerla.
Por eso llevo tiempo defendiendo que cuando hablamos de [niños, adolescentes y pantallas] no deberíamos centrarnos únicamente en contar minutos.
Necesitamos preguntarnos para qué utilizan las pantallas, qué contenidos consumen, qué experiencias están desplazando y qué impacto tienen sobre el descanso, el juego, la convivencia y el aprendizaje.
Los libros no tienen que competir contra las pantallas
A veces planteamos el debate como si tuviéramos que elegir.
Libros o pantallas.
Tecnología o aprendizaje.
Una cosa u otra.
Esta oposición nos ayuda poco.
Una pregunta probablemente más útil sería:
¿Qué experiencias están siendo desplazadas cuando las pantallas ocupan demasiado espacio?
Si desaparecen los momentos de conversación, juego, movimiento, descanso o lectura compartida, estamos perdiendo actividades que cumplen funciones diferentes en el desarrollo.
Por eso recuperar momentos de lectura conjunta sigue teniendo sentido incluso cuando nuestros hijos ya saben leer solos.
Leer juntos en la era de las pantallas puede permitirnos detenernos, conversar, imaginar, hacer preguntas, compartir atención y hablar de aquello que les ocurre a los personajes.
La lectura compartida no tiene por qué desaparecer cuando el niño aprende a leer.
Puede simplemente transformarse.
La inteligencia artificial ya forma parte del aprendizaje
PISA 2025 incorpora otro elemento que merece especial atención.
La inteligencia artificial.
En España, alrededor del 54 % de los estudiantes de 15 años afirma utilizar chatbots de IA al menos una vez por semana para ayudarse en sus aprendizajes, una proporción superior a la media de la OCDE.
Los adolescentes los utilizan, entre otras cosas, para:
- realizar una primera búsqueda sobre un tema;
- resumir textos;
- encontrar información;
- preparar trabajos;
- redactar contenidos.
Son cifras suficientemente elevadas como para asumir algo evidente:
la inteligencia artificial ya ha entrado en la forma de estudiar de nuestros adolescentes.
Por tanto, quizá la cuestión ya no pueda reducirse a:
“¿Se la dejamos utilizar o no?”
Necesitamos empezar a enseñarles cómo utilizarla.
IA sí, pero ¿para hacer qué?
Los datos de PISA sugieren una relación compleja entre inteligencia artificial y aprendizaje.
Los estudiantes que dicen utilizar IA para redactar tareas presentan, en promedio, peores resultados que quienes no lo hacen.
Pero hay otro dato especialmente interesante.
Entre quienes utilizan estas herramientas, los estudiantes que han aprendido a evaluar críticamente la información generada por IA tienden a obtener mejores resultados que aquellos que no han recibido esa orientación.
Una vez más debemos evitar interpretaciones causales.
Esto no demuestra que utilizar inteligencia artificial empeore automáticamente el aprendizaje.
Pero sí nos permite plantear una pregunta importante:
¿Qué ocurre cuando una herramienta hace por nosotros precisamente la parte del trabajo mental que necesitamos practicar?
Aprender implica cierto esfuerzo.
Intentar recordar.
Equivocarse.
Volver atrás.
Buscar una palabra.
Reorganizar una idea.
Relacionar conceptos.
Escribir un párrafo que no acaba de salir bien y tener que reformularlo.
Ese esfuerzo cognitivo no es un fallo del aprendizaje.
Forma parte del aprendizaje.
Si utilizamos la inteligencia artificial para pedir otra explicación, contrastar una idea, encontrar ejemplos o recibir feedback, puede convertirse en una herramienta muy útil.
Si la utilizamos sistemáticamente para evitar pensar, leer, escribir o resolver problemas, podemos estar eliminando precisamente aquello que necesitamos entrenar.
Quizá con nuestros adolescentes resulte más útil preguntar:
“¿Cómo te ha ayudado la IA a entender esto?”
que limitarnos a:
“¿Has utilizado ChatGPT?”
La lectura vuelve a ser fundamental precisamente por la IA
Puede parecer paradójico.
Cuanto más capaces sean las máquinas de producir textos, podríamos pensar que menos necesario será aprender a leer y escribir bien.
Probablemente ocurra exactamente lo contrario.
Cuanto más contenido automático recibamos, más importante será saber:
- comprender;
- comparar;
- identificar contradicciones;
- detectar afirmaciones dudosas;
- verificar fuentes;
- diferenciar hechos de opiniones;
- formular buenas preguntas.
No basta con obtener una respuesta.
Necesitamos saber qué hacer con ella.
Necesitamos poder valorar si tiene sentido.
Si es fiable.
Si responde realmente a nuestra pregunta.
Si existen otras explicaciones.
Si debemos contrastarla.
Por eso la comprensión lectora puede convertirse en una competencia todavía más importante en la era de la inteligencia artificial.
El descenso tampoco puede explicarse únicamente por la pandemia
Otra explicación habitual consiste en atribuir los resultados actuales a la pandemia y al cierre de las escuelas.
La COVID-19 tuvo un enorme impacto educativo, familiar y emocional.
Pero los datos longitudinales de PISA muestran que el descenso en lectura y matemáticas había empezado antes de 2020 en muchos países.
Por tanto, tampoco podemos utilizar la pandemia como explicación única.
Los sistemas educativos están viviendo simultáneamente transformaciones profundas:
- cambios en los hábitos lectores;
- digitalización;
- nuevas formas de acceso a la información;
- dificultades para mantener la atención;
- desigualdades sociales;
- nuevas formas de estudiar;
- disponibilidad de inteligencia artificial;
- problemas de profesorado en algunos contextos;
- cambios en la relación con el esfuerzo y el aprendizaje.
PISA puede ayudarnos a observar una parte de esta realidad.
No puede explicarla por completo.
¿Y qué ocurre con Catalunya?
Aquí debemos ser especialmente prudentes.
En Catalunya aumentó considerablemente el porcentaje de estudiantes excluidos de la muestra dentro de los centros seleccionados.
Pasó del 5,6 % en 2022 al 23,2 % en 2025.
La OCDE advierte que un nivel de exclusión tan elevado puede introducir un sesgo importante y, por ese motivo, los resultados de Catalunya no se publican separadamente en esta edición.
Es un detalle metodológico importante.
Porque probablemente veremos titulares o comparaciones sobre los resultados educativos catalanes.
Y no todos estarán interpretando correctamente los datos disponibles.
Reconocer las limitaciones de una investigación no significa quitarle valor.
Forma parte precisamente de utilizar la evidencia con rigor.
Entonces, ¿qué podemos hacer las familias?
Cada vez que aparece un informe sobre rendimiento escolar existe el riesgo de trasladar todavía más presión a niños y adolescentes.
Más horas de estudio.
Más control.
Más preguntas sobre las notas.
Más miedo al fracaso.
No creo que esa sea la conclusión que deberíamos extraer de PISA 2025.
Nuestros hijos no tienen que solucionar individualmente los problemas del sistema educativo.
Pero dentro de casa sí podemos proteger algunas condiciones que sabemos que favorecen el aprendizaje.
1. Recuperar espacios de lectura
No hace falta imponer obligatoriamente una hora diaria de lectura si eso acaba convirtiéndose en una batalla.
Podemos ofrecer libros, compartirlos, hablar de aquello que leemos y ayudarles a encontrar textos relacionados con sus propios intereses.
2. Reducir interrupciones cuando necesitan concentrarse
Estudiar mientras llegan mensajes, vídeos y notificaciones exige un esfuerzo atencional enorme.
Crear determinados momentos sin interrupciones puede resultar mucho más útil que pedir continuamente:
“Concéntrate.”
3. Interesarnos por lo que están aprendiendo, no solo por la nota
Podemos preguntar:
“¿Qué habéis hecho hoy?”
“¿Qué te ha resultado difícil?”
“¿Hay algo que te haya sorprendido?”
“¿Qué parte todavía no entiendes?”
Estas preguntas nos ofrecen mucha más información sobre el aprendizaje que un simple:
“¿Qué nota has sacado?”
4. Enseñarles a utilizar la inteligencia artificial sin delegar completamente su pensamiento
Podemos animarles a comprobar respuestas, buscar las fuentes originales, comparar explicaciones y preguntarse si realmente han entendido aquello que una herramienta les está explicando.
5. Proteger el descanso y el sueño
Un cerebro cansado aprende peor.
Aumentar horas de estudio no siempre mejora los resultados si esas horas se obtienen reduciendo el descanso.
6. Permitir que se equivoquen
El error no es una anomalía que debamos eliminar del aprendizaje.
Forma parte de él.
No resolver inmediatamente cada dificultad permite que nuestros hijos desarrollen estrategias propias.
7. Cuidar la relación
Cuando cada deber, examen o nota termina convirtiéndose en conflicto, la vida académica puede acabar ocupando demasiado espacio dentro de la relación familiar.
Acompañar no significa controlar cada paso.
Significa estar disponibles, proporcionar estructura cuando la necesitan y permitir autonomía cuando ya pueden asumirla.
PISA mide competencias, no el valor de nuestros hijos
Me gustaría terminar recordando algo que a veces olvidamos cuando hablamos de rendimiento académico.
PISA mide determinadas competencias.
No mide toda la creatividad de un adolescente.
No mide su sensibilidad.
No mide su sentido del humor.
No mide su capacidad para cuidar de otros.
No mide todos sus talentos.
No mide todo aquello que puede llegar a aportar al mundo.
Y desde luego no mide su valor como persona.
Esto no significa que debamos minimizar los resultados.
Las dificultades de comprensión lectora son importantes.
Las dificultades en matemáticas también.
La distracción digital merece nuestra atención.
Y necesitamos reflexionar seriamente sobre cómo vamos a incorporar la inteligencia artificial al aprendizaje.
Pero podemos hacerlo sin convertir todos estos problemas en nuevas fuentes de culpa para familias y adolescentes.
Quizá una de las conclusiones más interesantes que podemos extraer de PISA 2025 sea precisamente esta:
en un mundo en el que tenemos cada vez más herramientas capaces de proporcionarnos respuestas rápidas, necesitamos proteger aquellas capacidades que nos permiten detenernos, comprender, contrastar y pensar por nosotros mismos.
Y ahí la lectura sigue teniendo un papel difícilmente sustituible.
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Fomentar la lectura no consiste en conseguir que nuestros hijos lean exactamente los libros que nosotros querríamos que leyeran.
Consiste, sobre todo, en ofrecerles suficientes oportunidades para que puedan descubrir que entre las páginas de un libro también puede haber algo que les pertenece.
Fuentes consultadas
Para la elaboración de este artículo se han utilizado principalmente los resultados y la nota específica para España de PISA 2025, publicados por la OCDE en septiembre de 2026.